Gay Talese, un hombre serio

Ilustración de Joe Ciardiello para 'Barnes and Noble Review'.

Gay Talese no impresiona por sus supuestas lecciones de periodismo que algunos medios han destacado y que muchos damos por sabidas. No. Tampoco por la insistencia de Juan Cruz en que, el hombre que teníamos delante todos los que asistimos al encuentro organizado por la UCM y El País con el periodista, había dedicado una vida a dignificar el oficio. Ni siquiera me temblaron las canillas cuando redundó en su falta de miedo, en su afición al trabajo o en que  había parido míticos textos. Talese impresiona por demostrar una conducta inversa al estrellato que sin duda merece. Impresiona por ser un hombre sencillo y atento, excelentemente vestido y muy serio. Un hombre con la lucidez intacta. El Talese que vino a visitarnos sigue igual de despierto, es un hombre en perfecta conexión con los tiempos. Pero lo que verdaderamente deja sin habla de este periodista es que cuando se miran sus ojos y al tiempo se escucha lo que habla descubrimos la humildad de un hombre dedicado ala palabra. Yesa misma transparencia desprende su silueta, a pesar del impecable traje y de sus impresionantes zapatos de color granate, de piel y de ante. Coqueto, Talese completa, o da sentido, a la tantas veces injustificada y regalada palabra ‘caballero’. Tiene ojos pequeños y sonrisa sincera. Es agradable y educado, una leyenda viva. (¡Qué decir cuando a pesar de tenerlo todo en contra firmó mis ejemplares, me atendió con igual respeto y añadió un tic de simpatía que me guardaré muy dentro!).

Fotografía de la cubierta del libro 'Retratos y Encuentros' de Gay Talese editado por Alfaguara.

Gentilezas al margen, no puedo descuidar el hecho de que su detallado aspecto no reviste confusión. Quien ha leído sus textos sabe que suele mancharse las manos, que no huye, que se recrea observando. Si algo define a Talese es la afición manifiesta de fijarse en personajes aparentemente secundarios. Personajes que comparten el mismo espacio en el que se concentran los motivos de sus historias y a los que Talese describe con tanto acierto por el empeño de resaltar lo bueno y lo malo, lo humano. Puede que el talento se trabaje, no lo discuto, pero sin corazón no hay talento que valga y este periodista nacido en Nueva Jersey (en Ocean City en 1932), que vive en Nueva York y que ha escrito sobre gángsteres, boxeadores, ladrones y hasta cortadores de césped, se divide entre psicología y corazón. Ha trabajado para periódicos como The New York Times o revistas como Times, Esquire, The New Yorker o Hasper’s Magazine, entre muchas otras. Y en cada una de estas publicaciones ha dejado retratos de imperfecciones, alegrías y penas. Ha sabido explotar su percepción psicológica para acercarse y profundizar en cada uno de sus personajes. Pero lo más importante, el secreto de su éxito, es que a Talese siempre se le han agolpado los interrogantes. Nunca se ha cansado de trabajar, pero de trabajar aprendiendo. Y ha tenido el suficiente criterio para aparcar lejos cualquier prejuicio o convencimiento. Él es el mejor ejemplo porque con semejante aspecto cualquiera podría pensar que se encuentra ante un lord inglés, mas cuando se le mira atento se comprende que es tan bueno porque es paciente, porque guarda silencio y escucha, y es en ese momento cuando aparece la figura periodística que retrata sin traicionar valores y confianzas. “Hoy se puede contar igual que antes”, dijo, “pero no podemos mentir, no debemos sacar ventaja de la gente, violar su confianza”.

Talese, que confesó su desapego por el poder, su desinterés por informaciones lanzadas desde el Capitolio, puede presumir de poder mirar a la cara a cualquiera de sus entrevistados. Nueva clave, si se quiere, pero de lo que no hay duda es de que este periodista sabe que cualquier aspecto de nuestro mundo está rodeado de zonas marginales, “zonas grises en las que se encuentran las razones de determinados comportamientos”, y que para descubrirlas debemos ser pacientes, debemos “tomarnos el tiempo suficiente” y no cansarnos de escuchar. Y ésta sí es una lección que no se puede aprender porque está contenida en la carga genética. Así que sólo me queda darle las gracias al señor Talese. Gracias por venir a la Complutense y seguir representando lo mejor de un clásico.

Publicado en la revista universitaria Alétheia-MuiP.

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Periodismo ‘herido’ y no muerto

Dibujo de Celia Hoyos.

Hace tiempo, la periodista Julia Otero manifestó ante los micrófonos de Onda Cero que el periodismo había muerto. Aquella sentencia dejó al colectivo estupefacto, no porque fuese una declaración descarada o reactiva, tampoco porque no se le concediese crédito. La cuestión, más bien, pasaba porque desde hacía tiempo eso era exactamente lo que veníamos percibiendo algunos periodistas. Era una especie de secreto a voces, y no sólo por la revolución tecnológica o la aparente falta de interés sobre la información de los ciudadanos, ni siquiera por la irrupción del periodismo 2.0. No. La desazón colectiva tenía que ver con agentes internos.

Muchos periodistas, hartos de trabajar en medios (interesados todos y cada uno de ellos); pulidos en ruedas de prensa donde las preguntas de un tiempo a esta parte se gestionan o no se pronuncian, también barruntábamos la tragedia.

Transcurrido el tiempo e inmersos en una crisis que afecta a nuestros principales fundamentos debemos, sin embargo, abrigar esperanzas y pensar que el periodismo está herido pero no muerto.

No voy a negar las heridas que le aquejan porque a la vista está su sangre (cierres de cabeceras, recortes en redacciones, jubilaciones anticipadas, disminuciones salariales, afición por el sillón; supresión de corresponsales, investigaciones y proyectos serios; becarios perpetuos, falta de ideas, contratación de showperson; y, por supuesto, la admisión de cualquiera bajo la etiqueta de colaboración. También cuenta lo que, aparentemente, resulta menos visible: la pérdida de identidad, la inexistencia corporativa y el descrédito. Y la desgana, o las prisas sobrevenidas con las que a diario compiten cientos de compañeros). Sin embargo, no es ésta una herida tan amplia ni tan oscuro el color de su mancha como para que levantemos acta y procedamos al entierro de la profesión. Porque, si el periodismo está muerto, ¿para qué seguir ejerciendo? ¿Para qué continuar insistiendo en facultades, seminarios y encuentros sobre la necesidad de una profesión que es vigía y guía en asuntos variados, algunos de vital importancia? ¿Por qué no unirnos a propagandistas y voceros? ¿Por qué no transigir y dar el visto bueno a notas de prensa y discursos hueros? ¿Por qué insistir con artículos como éste sobre la necesidad de nuevos planteamientos?

Ciertamente, tenemos razones de peso para luchar. La buena marcha de la democracia, a la que damos y de la que recibimos pleno sentido, por ejemplo; o nuestro persistente acecho por el bien de los ciudadanos, a quienes por encima de todo nos debemos; pero sobre todo, sobre todo, por la continuidad y la calidad que debe exigírsele a un gremio tan crucial como el nuestro.

Ilustración de Celia Hoyos.

La situación actual indica que si queremos sobrevivir debemos también admitir nuestra culpabilidad. Nunca hemos sido amigos de legislación propia, de asociaciones o colegios que respalden al periodista al estilo de médicos, abogados o ingenieros. Sin embargo y a pesar de que contar con el apoyo de una ley propia puede resultar ventajoso, el problema no es tanto una cuestión formal como de compromiso firme y ético. Si queremos salvarnos debemos unir fuerzas apostando por un periodismo que examine y vigile todo lo que, a pesar del desinterés ciudadano, interesa para autogobernarnos (tenga que ver con la cultura, la política, la sanidad o las naranjas de la China y su Imperio). También para velar por nuestras condiciones. Para recobrar reputación y frenar la invasión impune de tanto pirata suelto. No podemos transigir porque tirar la toalla y continuar mamando en silencio, cual Rómulo y Remo, de esas empresas mediáticas, conglomerados para hacer dinero, es formar parte del sepelio. Estamos a merced del criterio empresarial, casi siempre alejado del periodístico en pos de la espectacularización. Sobretodo en televisión. Si continuamos cediendo y admitiendo que el periodismo es una empresa más, y respondemos sólo ante “gestores” y no ante “periodistas gestores”, contribuimos a ese periodismo por comercio. La rentabilidad y el sustento pueden converger, lo único que hace falta es tener claro la cota máxima de ese crecimiento. No todo vale para hacer dinero.

Con razón las nuevas generaciones preguntan cómo hemos llegado a esta situación de caos, de indefensión profesional, en un momento en el que cada gremio tiene perfectamente establecido el objeto de su trabajo y la forma de ejercerlo. La respuesta es que esta burbuja es el fruto de nuestra incompetencia. Por un lado resulta obvio que, en la lejana y por entonces recién inaugurada sociedad española (aquella que elaboraba con ilusión una Constitución democrática que daba un portazo a un periodo negro, aquella que por fin decía adiós a intromisiones e injerencias) ningún periodista quiso establecer fronteras. Todos tenían demasiado presente aquel Ministerio de Información y Turismo. Pero al margen de preclaros y buenas (o no tan buenas) intenciones esa inyección de libertad ha terminado por convertirnos en enfermos.

Tan enfermos estamos que perdimos de vista el concepto de profesionalidad y ahora somos incapaces de defendernos con buenos argumentos. Para parte del gran público resulta ya casi imposible distinguir qué es periodismo de lo que no. Este reduccionismo actual al que hemos llegado va a terminar por fulminarnos. Por eso, conviene recordar (y recordarnos) que nunca como hasta ahora hemos tenido tanta necesidad de buen periodismo como de dejar claro lo que no se corresponde con él.

En los años sesenta hubo tímidos intentos por establecer pautas de trabajo. En esa línea vienen trabajando Bill Kovach y Tom Rosenstiel, autores de Los elementos del periodismo, libro al que hemos dado la razón sin mover un solo dedo. Ambos demostraron que las clasificaciones son imprescindibles para la defensa de cualquier trabajo. Prueba de ello son el poder y el respeto del que gozan otros colectivos por contar con un código interno reconocido y respaldado por un verdadero Colegio Profesional, pero sobre todo respetado y en el que no entretejen tantas manos.

Ilustración de Celia Hoyos.

El otro gran debate que nos atañe es el de la objetividad que tanto daño ha hecho. Lo cierto es que con compromiso y voluntad podemos enfrentar cualquier hecho de manera objetiva, siempre que entendamos por objetividad el rigor imprescindible para evitar contaminaciones. El buen periodismo siempre ha sabido responder el cómo y el por qué de los hechos.

A falta de corpus indiscutible y teórico al que agarrarnos se transgreden principios básicos. Ahí tenemos nuestro silencio frente al auge del infoentretenimiento. También las tertulias con sus abonados ofreciendo voz por dinero. Contratados millonarios, líderes de opinión a los que seguimos, sin darnos cuenta de que para ser libres lo más propio es manejar la información que dejarnos embelesar por bonitos verbos. Echamos en falta (creo) análisis sobre asuntos útiles con los que llamar la atención del pueblo, al que tanto le afectan los asuntos que gestionan los gobiernos. Consentimos la cesión de espacio y favorecemos el espectáculo en detrimento de la cultura, los valores humanos, las ciencias y cualquier otro apartado de divulgación riguroso y no por ello aburrido ni serio. Mandan las audiencias, Belén Esteban y ‘el vociferio’. Servimos pseudoinformación que hacemos pasar por calidad y seso. Son contados los programas bien hechos, residuales los espectadores de ‘La Dos’, el canal que todos miramos pero ninguno vemos. Y cuando cansados regresamos a los hogares y pretendemos enterarnos de algo de lo que ha ocurrido nos entran ganas de salir corriendo. (‘Good news is no news’ o ‘bad news is good news’?).

Aunque pueda parecer una contradicción, el problema no es Internet ni el 2.0. El principal problema ha sido que hemos ido cediendo terreno, y con ello, además, hemos ido confundido al espectador cuya reacción está en la capacidad de atención: ésta se duplica cuando ‘gritamos más alto’. Somos bastante culpables de su acuciada falta de interés. Si queremos recuperarnos no nos queda más remedio que mancharnos las manos, buscar fórmulas alejadas de intereses, apostar por modelos nuevos. Periodismo Humano, Periodismo Cívico, de Precisión, Independiente… llámenlo como quieran que al final volvemos a lo mismo: lo que necesitamos es recuperar el periodismo. No es la primera vez que la profesión anda herida, tampoco es nueva su lucha contra usurpadores, manipuladores y agoreros. Así que, con el permiso de Julia Otero, más que anunciar la muerte del periodismo, lo que deberíamos hacer es comenzar de inmediato su reanimación. Pasar por encima de las incertidumbres que nos aquejan, taponar cualquier herida y practicar una transfusión para garantizar la larga y próspera vida que se merece esta profesión.

Publicado en la revista universitaria Alétheia-MuiP, UCM.

Mentiras poéticas en la prensa

¿Podemos aceptar la mentira en periodismo? ¿Es correcto introducir la ironía en nuestros trabajos aún corriendo el peligro de que el lector no lo entienda y por lo tanto en su cerebro reine la confusión? Este es un tema recurrente que aflora en el periodismo; a pesar de su inagotable insistencia no pierde sin embargo la categoría de tema mayor.
Entre la ironía y la calumnia anda el juego de los periodistas Arcadi Espada y Javier Cercas; nada nuevo bajo el sol, sus respectivas alusiones vienen de bastante atrás. Quiso el primero pagar con la que considera su moneda al segundo, sin reparar (o reparando) en la magnitud del engaño y sus consecuencias.
Espadas y cercas al margen, el periodismo no puede confundir estos dos términos, no puede bajo ningún concepto equipararlos para convertirlos en sinónimos. Dejando aparcadas las intenciones que llevan a escribir una mentira, aspecto crucial y criticable, lo que debe preocuparnos es el fondo de la cuestión: el hecho de que un periódico publique mentiras, aún siendo estas contestaciones, bajo la disculpa de la ironía y el cobijo de la opinión. Es la ironía arma fina que debemos manejar con puntería. Damos por hecho la comprensión total de todo aquello que escribimos pero… no contamos con la absoluta certeza pues son muchos y variados los perfiles del cliente lector (que debería ser nuestra principal preocupación). ¿Le queda claro a este lector el lugar de cada género periodístico y sus licencias? Ahora ya vemos más nítido el peligro y su solución.
Debemos ir con cuidado porque podemos encontrarnos inmersos en la corrupción del ejercicio profesional, y el periodismo ya lastra por si solo bastantes enemigos.  Como bien apuntaba Manuel Cruz en el programa  La Ventana de la Cadena Ser, “la mentira llama al engaño” por muy poética que sea su construcción; y no podemos admitirla en periodismo, independientemente de las consecuencias y su intención (quien sabe escribir conoce tanto los trucos del lenguaje como sus transgresiones).
Aquí dejo el enlace del programa de la Cadena Ser en el que tanto Manuel Cruz como Manuel Delgado, ambos profesores, diseccionan esta peliaguda cuestión.

Kiosko filosófico (16-3-2011)

Entre la razón y el corazón


Ilustración de Fernando Vicente para la revista 'La Mancha'.

El artículo periodístico es ese texto que transita entre la ciencia y el arte. Es esa literatura urgente que empleando con belleza las que cree certeras palabras enseña el mundo, y lo subraya. Es un género propio y el lugar por excelencia donde coinciden la inflexión del autor y su reflexión. Es, en definitiva, un ejercicio de lucimiento personal, el espacio más codiciado del periódico, aquel que otorga fama y prestigio, desde el que se cargan tintas y bajo el que algunos aspiran y sientan cátedra. Todo eso y mucho más es el artículo periodístico.

Un buen artículo produce placer puro, inmediato, pero nunca es un texto desinteresado, recuerda Luis María Anson.  Tiene su origen o se desprende de la misma literatura. Hallamos en Mariano José de Larra, además de duelo, nuestro particular punto de partida. Y desde entonces viene llenando páginas. Ha cobrado tal relevancia que resta espacio a la que parecía ser tabla de salvación de la prensa impresa (el análisis y la investigación).

Expertos y articulistas debaten constantemente si en el periodismo deben delimitarse, altas y claras, las fronteras entre literatura y periodismo. El último ejemplo de la eterna riña lo encontramos hace escasas semanas (discusión y diatriba impresa y mediática entre Javier Cercas y Arcadi Espada). Sin embargo, “no existe un lenguaje propio para la ficción y otro distinto para reflejar la realidad”, nos recuerda el profesor Javier Gutiérrez Palacio a cuento de lo que dejó escrito Albert Chillón en su libro Literatura y Periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas. Lo que en cambio sí existe es la intención. Así insiste Arcadi Espada, para quien el uso y en ocasiones abuso de la literatura en el periodismo “desvirtúa, exagera y engaña al lector”.

'La Princesa del Mar'. Ilustración de Jorge Díaz.

Pero, ¿qué sería de los artículos periodísticos sin la elegancia que concede la literatura? ¿Cómo nutrirlos? Todo buen artículo debe instruir, impresionar o emocionar y, cómo no, deleitar. De ahí esa mezcolanza entre lo literario y lo periodístico. Entramos, pues, de lleno en los estilos.

En palabras de Ramón Pérez de Ayala “no hay literato que no tenga algo de periodista, ni periodista que no tenga algo de literato”. Por eso, quizás, lo más certero sea tener siempre presentes las palabras del académico Miguel Ángel Garrido: “Una cosa es que la literatura pueda ser recibida no literariamente o que otro texto no literario (por ejemplo, periodístico) pueda ser utilizado como literatura y otra que no exista diferencia entre uno y otro”. De tal modo que el periodismo y la literatura donde se unen es en los recursos retóricos que emplean para persuadir en sus discursos. Y es en el artículo de opinión donde la retórica goza de pleno sentido.

“Cualquier articulista ha de ser reconocible a los cinco renglones sin necesidad de recurrir a la firma”, aclara Manuel Alcántara para quien la clave del éxito reside en no ser pesado. “Cuando veo un mazacote enorme lo dejo para luego y luego es nunca”. Regla de oro de todo buen articulista junto con el dominio del lenguaje y esa musa amiga, fuente de inspiración.

El profesor Teodoro León Gross argumenta que el artículo “establece una conexión con las élites de la sociedad. (Los articulistas) Son los más críticos y generan la interlocución con los llamados líderes de opinión, es decir, con aquellas personas que luego van a influir en otras”. ¿Debe el articulista escribir en un medio afín? A juzgar por los ejemplos parece que sí, parece que existe un acuerdo silencioso por el cual cada articulista sabe hasta donde apretar y a quién sacudir.

Se construyen estos textos a través de la interpretación para juzgar hechos. Tratan de profundizar, con mayor o menor éxito, en acontecimientos; incluyen valoración y análisis. Pero sobre todo son el reflejo de un pensamiento particular, su principal riqueza. Una virtud que se ha de acompañar del equilibrio entre ímpetus y  razones. Es, el artículo, en definitiva, ese lugar desde el que se contempla la vida para tratar de explicarla. Debiera ser una mirada libre, que dejase las siempre molestas afinidades al margen; una mirada atenta y fija, que escrutina y que mantiene imperturbables sus escrúpulos hacia nuestra realidad. Al mismo tiempo debiera ser una mirada con aspiraciones a contar eso que denominamos ‘verdad’. O si se prefiere, debiera ser esa mirada que adopta la inflexible postura de intolerancia hacia la intriga.

Hunter S. Thompson: seis años de ausencia

Uno de los magníficos irreverentes del siglo XX, Tom Wolfe, calificó en su día la obra Miedo y Asco en las Vegas, de Hunter S. Thompson, como “una obra cáustica que marcará época y causará sensación. Los dos adjetivos que más le gustan a los escritores son ‘brillante’ y ‘escandaloso’, y Thompson hace méritos para ambos”. A día de hoy sólo podemos concederle la razón.

Hunter Stockton Thompson nació en Kentucky, un 18 de julio de 1937 y pareció venir a este mundo para dejar una profunda huella. Un alegato que, acompañado del escándalo, la ignorancia y la hipocresía, sirvió para denunciar una sociedad norteamericana absolutamente cegada de barras y estrellas.

El autor que en 1971 publicó Miedo y Ascos en Las Vegas, convulsionando conciencias y asombrando al resto del mundo por su franqueza y su confesada relación con las drogas, comenzó su trayectoria profesional de la mano del periodismo deportivo y terminó “consagrándose como una de las grandes estrellas de la célebre revista Rolling Stone”.

Profundo conocedor del mundo de las drogas, Thompson quiso dejar el testimonio de sus más inquietantes alucinaciones, seguramente hostigado por su propia conciencia y el escenario de su época. La ‘cultura de las drogas’, como bautizarían las autoridades estadounidenses al fenómeno creciente del consumo de sustancias alucinógenas y sus fervientes seguidores entre los años 60 y 70, principalmente, se instaló y prosperó en Estados Unidos, extendiéndose a varias generaciones que terminaron dándose por perdidas.

El final de la década de los sesenta estuvo protagonizada por la guerra del Vietnam, por el movimiento pacifista que proliferó a su alrededor como consecuencia de la nefanda política de Lyndon B. Johnson y su obsesión comunista, y con el relevo, nada esperanzador, de uno de los gobernantes más turbios del siglo XX, Richard Nixon.

Hunter S. Thompson. El periodista se suicidó el 16 de febrero de 2005.

Una época convulsa de sentimientos exaltados (pacíficos y belicistas), que contrastaba con el pasotismo de una sociedad civil instalada en el consumo, y con las ansias de expansión, crecimiento y liderazgo de un país.

En este caldo de cultivo, Hunter S. Thompson, al igual que hicieran muchos otros ciudadanos anónimos y soldados incapaces de hacer frente a lo vivido en la guerra del Vietnam, comenzó su destructivo viaje personal hacia una realidad mojigata, obscena e interesada de la sociedad norteamericana. Thompson, no pudo pasar por alto estos hechos, a pesar de ser consciente de que su papel como protagonista de uno de los momentos más intensos de la historia contemporánea también dejaba mucho que desear.

Tal fue su éxito y la impresión causada que su increíble historia fue llevada al cine por el director Terry Gilliam, en 1998, quien delegó las principales interpretaciones en Johnny Depp y Benicio del Toro.

Esa franqueza, esa denuncia social y esa asunción personal en torno a las drogas le llevaron a desarrollar un estilo de narración que posteriormente se ha bautizado como Periodismo Gonzo. Lo que ni a la sociedad norteamericana ni a nosotros nos queda muy claro es si ese sentimiento y necesidad de denuncia nace como consecuencia de su trabajo o de su ‘asco’ personal hacia los acontecimientos; aunque es casi seguro que se deba a una mezcla de ambas cosas. En cualquier caso, su libro fue un jarro de agua fría para Norteamérica y su cacareada búsqueda del sueño americano. Con su obra demostró la consecuencias de esa búsqueda y que otra forma de narrar era posible. Un estilo y una dirección que aportaba sustanciales matices al lector.

Con Miedo y Asco en Las Vegas el periodista desmontó cualquier teoría efectiva sobre esa búsqueda por alcanzar el sueño americano; Thompson puso sobre la mesa un problema al que no podía dejar de prestarse atención, en el que estaba personalmente involucrado. No quiso continuar con los ojos cerrados ante la hipocresía de una sociedad que convivía con ese fenómeno. Thompson evidenció también la necesidad de análisis de los múltiples factores responsables.

Su principal aportación, al margen de lo anterior que toca lo social, fue crear una manera de enfrentarse a los hechos en las que el narrador es también el catalizador. Thompson está allí, inmerso en la historia, en los acontecimientos, para mostrarlos a través de la acción y sus efectos. Involucrándose en los hechos, consigue trasladar con máxima eficacia las experiencias. La esencia de algunos pasajes de sus relatos, en los que aplica el estilo gonzo, en los que están presente el absurdo o el surrealismo de situaciones concretas, quedan así en primera persona, causando fuerte impresión y sumando ese valor añadido inherente en el periodismo que se llama veracidad. De su paso por la profesión y de su vida encontramos grandes dosis en el documental que dirigió en 2008, Alex Gibney. Gonzo: vida y hazañas del Dr. Hunter S. Thompson es al tiempo homenaje y confesión.

Ese periodismo gonzo, que le caracterizó, fue fruto del azar según su creador. Debe el nombre a las palabras de un amigo de Thompson quien siempre empleaba ese término para referirse a “esas personas que tienen la mente peor que los locos”. Pero este asunto es espinoso porque dicho término parece que también lo empleó el periodista Bill Cardoso (del Boston Globe) para describir el artículo de Thompson titulado El Derby de Kentucky es decadente y depravado, un trabajo en el que el periodista de Miedo y Asco en Las Vegas presta más atención a todo lo que rodea el acontecimiento y que es decadente.

Portada del documental dirigido por Alex Gibney (2008) sobre la vida del periodista Hunter S. Thompson.

El gonzo es un estilo periodístico, del que continuamente se está riendo su progenitor -quien también se asombra de ser doctor en periodismo, título sobre el que pretende llamar la atención y que emplea como recurso para mostrar el síntoma de un mundo enloquecido y cegado, un mundo preocupado en fenómenos secundarios y en su propia satisfacción- no le abandonaría a lo largo de su vida. A pesar de haber escrito varios libros, el periodista siempre tildó de crónica cualquiera de sus escritos. Absolutamente todos ellos fueron fruto de la experiencia.

Y de tremendas experiencias está llena la vida de este periodista. Su pasado rebosa episodios escandalosos. En alguna ocasión se autocalificó como delincuente, afirmando que sabía “más de las cárceles que la mayoría de los convictos del país”. De los 15 a los 18 su vida transcurrió entre rejas; su primera experiencia con las drogas duras comenzó precisamente en prisión.

Thompson fue corresponsal del New York Herald Tribune en el Caribe y corresponsal en Sudamérica para el National Observer hasta 1963. A su regreso a Nueva York comenzó a colaborar en publicaciones como Esquire, el magazine del New York Times, Nation, Reporter y Harper’s. En 1966 se vio inmerso en un submundo de violencia y radicalismos junto a la famosa banda de motoristas ‘Ángeles del Infierno’. De esa experiencia dejó buena nota en la que fue su primera novela Los Ángeles del Infierno. Sus múltiples escándalos y su franqueza no impidieron que se reconociera su talento y su aportación al periodismo; Thompson llegó a ser el redactor jefe de la revista Rolling Stone entre 1969 y 1974.

Irónicamente Thompson siguió la campaña presidencial del Richard Nixon por el que no sentía el mínimo respeto. Y aún tuvo tiempo de ofrecer su candidatura a sheriff de Aspen -de haberlo logrado hubiéramos tenido la oportunidad de disfrutar de una nueva y genial entrega de los absurdos que pueden llegar a materializarse, conforme a las bases aleatorias de ese gran sueño americano donde todo es posible-.

Este periodista pletórico de experiencias, desafiante y transgresor, terminó quitándose la vida el 19 de febrero de 2005 a la edad de 67 años. En su obra dejó increíbles pasajes, testimonios de una época. “Lejos de mí la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada”, reconocía Thompson con una sinceridad sorprendente. Sin embargo, muchos tildaron al periodista de narcisista, y le acusaron de explotar excesivamente su éxito.

Lejos de entrar en polémicas sobre el egocentrismo del autor en su obra y su proyección en la vida real, lo cierto es que Thompson se atrevió a denunciar sin ningún tipo de prejuicios el lado más lúgubre del sueño americano con todas sus consecuencias. Colocando con ello en muy mal lugar al gobierno y a cualquiera de sus prolongaciones administrativas, dejando en entredicho la aparente bondad de un sistema, y ofreciendo al mundo la cara más oscura del ser humano, drogadicto o no.

Publicado en la Revista Universitaria Alétheia-MuiP.

Y, a pesar de los malos tiempos, hablamos sobre la profesión más bonita del mundo

La visita que ayer realizamos a El País casi todos los estudiantes del Máster en Investigación en Periodismo: Discurso y Comunicación, que imparte la Universidad Complutense de Madrid, se define muy bien como una de las clases más útiles que hayamos podido tener en este constante aprendizaje que se llama periodismo. Exenta de material teórico, rebosante de prácticas y experiencias, y con abrigada acogida, conocimos los entresijos de la empresa en su faceta más técnica. Y asistimos también a una conferencia en la que se habló de periodismo, de trabajo, de vida.

Siendo el periodismo una profesión exigente, en apenas dos horas las palabras de Lola Huete, Natalia Junquera, Ramón Lobo y Gumersindo Lafuente sirvieron para describir el riquísimo universo del que está compuesta la profesión, y que en el fondo es relativamente sencillo.

Sorprendieron a la audiencia por su preocupación ante los cambios que estamos registrando y los que se avecinan, pero todos ellos confesaron sentirse afortunados por presenciarlos. Infundieron ánimos, y desvelaron lo que ya sabemos y no conviene olvidar: que lo interesante no reside exclusivamente en el dato. “Somos contextualizadores de historias”, dijo Ramón Lobo. Veterano en conflictos y guerras, incidió en que lo que debe aportar el periodista a sus informaciones son los “documentos de vida”.  A estos se refería también Lola Huete para quien son los diferentes “puntos de vista, las vivencias, nuestra mirada” aquello que podemos sumar o aportar para ofrecer algo nuevo.

Los periodistas de El País Gumersindo Lafuente, Lola Huete, Ramón Lobo y Natalia Junquera.

Desde luego la situación actual del periodismo es convulsa pero la solución, a pesar de mi particular escepticismo, se dibuja con aparente sencillez. La incertidumbre periodística tiene que ver fundamentalmente con los aspectos técnicos; este conjunto de profesionales coincidieron en que la crisis del periodismo es una crisis de “soportes” y de negocio también. De nuevos soportes sabe bastante Gumersindo Lafuente, auténtico superviviente de la profesión. “Debemos ser tecnófilos y no tecnobóficos… cambiar la mentalidad del periodismo… y usar las herramientas tecnológicas en nuestro beneficio.”

Visión de futuro que comparte Natalia Junquera. “Hay que ser optimista con la situación y la profesión. Estamos en un momento en el que hay que probar y ensayar hasta dar con la nueva fórmula de hacer rentable nuestro trabajo”.

A estas alturas y reflexionando con lo escuchado ayer, no sé si coincido con Lola Huete.  “No existen fórmulas mágicas” para ser buen periodista, para escribir un gran reportaje, dijo. Precisamente ella, que tan gratamente nos sorprende los domingos con trabajos humanos, originales, reportajes en los que se denuncian penosas situaciones  y en los que resulta imposible encontrar elementos demás.

Desde ayer creo que la fórmula está más que clara. Consiste en una generosa mezcla de pasión y aprendizaje, de ejercicio, de experiencias y oportunidad. Ellos son la mejor prueba. Referentes para el público y para los que, dedicándonos al periodismo no cejamos en el empeño de poder llegar a ser, si quiera, tan buenos como ellos. Sí, la visita a El País será algo que siempre quedará en mi recuerdo porque yo, al igual que Natalia Junquera, también pienso que ésta es una profesión exigente pero es “la más bonita del mundo”.

‘El periodismo en la era Wikileaks’


Julian Assange. Imagen http://www.clarin.com.

Somos los periodistas los que continuamente estamos revisando nuestro trabajo, y en estos momentos, gracias a la tormenta Wikileaks, analizamos si cumplimos con eficacia el tradicional papel de intermediarios sociales. La investigación sobre asuntos turbios de Estados y gobiernos siempre ha sido cosa de ‘periódicos’. Eso hasta que Julian Assange irrumpió en escena demostrando una asombrosa capacidad para hacerse con información relevante, controvertida y escandalosa que pone en evidencia las palabras de los actores políticos y de la función del periodismo.

Es cierto que la filtración no puede considerarse por sí misma periodismo puesto que los ‘papeles’ tienen únicamente el valor de una documentación oficial y oficiosa que ha visto la luz y que deja en muy mal lugar a sus protagonistas. Para que esos mismos informes puedan convertirse en periodismo precisan de estudio, verificación, contraposición y contextualización. Y ahí es precisamente donde entra en juego la profesión.

Como quiera que sea, Assange ha demostrado ser “un revulsivo para el periodismo”. Así lo definía ayer el fotógrafo y premio Pulitzer, Javier Bauluz, en el debate que organizó ayer el diario El País en el auditorium de Caixa Forum de Madrid titulado ‘El periodismo en la era Wikileaks’. Algo en lo que coincidió el subdirector de ABC, Borja Bergareche, para quien la filtración “dinamiza el periodismo”.

Pero a lo mejor la pregunta que deberíamos hacernos es por qué ha tenido que ser un tipo como Assange el que ha levantado el mayor escándalo de nuestro tiempo. ¿Acaso no es la investigación uno de los principales motores del periodismo?

Javier Bauluz insistió en algo que sí evidencia el compromiso del periodismo con la información. Para el periodista los medios de comunicación no investigan porque hace tiempo que van a la deriva, que “atienden más al negocio que a la vocación de servicio público”. Y si a esto añadimos la función de los gabinetes de comunicación, las ruedas de prensa que no lo son, las comparecencias interesadas y los titulares confeccionados para convertirse justamente en eso, en titulares, obtenemos un periodismo altavoz y poco creativo.

Sobre el hecho de que la información debía ver la luz, a mí, al menos, no me cabe duda alguna porque lo que se está revelando no son chismes, ni cotilleos, ni rumores. Son palabras cargadas de sentido que proceden de personajes públicos con un papel relevante en la dirección de sus países que los ciudadanos tienen todo el derecho a conocer. Más aún cuando estas dejan claro que discursos y acciones van por distinto lado.

Javier Moreno, director del diario El País periódico que está sacando a la luz los documentos de Wikileaks.

Javier Moreno, director del periódico español que está difundiendo las informaciones, explicó lo que es, ha sido y será la base del buen periodismo, la razón de su existencia y el secreto para garantizarse la permanencia. Para el director de El País todo se reduce a la responsabilidad en el trabajo, y aludiendo al caso Gürtel (del que dijo poseer abundante información de contenido sexual) desveló que, de toda la información que poseen sobre la trama corrupta, han publicado tan solo una parte: aquella que no atentaba contra la esfera privada de los protagonistas. Ésta es la labor en la que sí juega un papel clave el periodismo serio. Una labor que atiende directamente a los filtros deontológicos que rigen la profesión. Cabría preguntarse si Wikileaks y Assange hubieran ejecutado con eficacia ese quehacer y esa responsabilidad estrictamente periodísticos.

Alicia G. Montano, directora del programa de TVE, Informe Semanal, que también estuvo presente en este interesante debate, dijo que la filtración “no es periodismo”, aunque reconoció su valor.

¿Ha dejado Wikileaks en evidencia a los medios de comunicación? ¿Ha realizado su trabajo? ¿Lo ha sustituido? ¿Lo sustituirá? En mi opinión, Julian Assange ha demostrado una extraordinaria capacidad y eficacia para hacerse con datos e informes, pero ha tenido que recurrir a grandes periódicos para dotarles de todo el sentido que sin la labor periodística jamás habrían alcanzado, y han sido estos los que le han otorgado lo más importante, la credibilidad.

La jugada de Assange demuestra que estamos ante un tipo que no sólo se hace con la información sino que, con desmesurada inteligencia y estrategia, evita buena parte de los problemas que le habrían sobrevenido de haber afrontado en soledad la difusión. Wikileaks ha transformado el ecosistema de la información, reconocían todos los ponentes en este debate que moderó el periodista Ignacio Escolar (www.escolar.net) y que contó con la participación del corresponsal de The Guardian en España, Giles Tremlett. No sólo lo ha transformado sino que, ahora y en palabras del Pulitzer español, “el megáfono de la información” no está en las mismas manos, aunque sea la función periodística la única capaz de asegurar, con rigor y garantía, la veracidad de aquello de lo que se nos informa.

El relevo generacional de Cristina Jolonch

'Cuchara y tenedor' del escultor Fernando Rodalva (2008). Fotografía Carlos Otero.

El mundo de la crítica gastronómica ha experimentado un relevo generacional. Un hecho que se aprecia en el auge de noticias, crónicas, reportajes y entrevistas que sobre este tema aparecen, cada vez con mayor incidencia, en los medios de comunicación. Bajo diferentes formatos y distintos géneros periodísticos la gastronomía y su difusión actual adolecen, en la mayoría de los casos, de interferencias personales. Quizá sea la forma más justa de trato. Puesto que de gustos y preferencias hablamos, sabemos que ambas son tan variadas como personas hay en el mundo, y es justo informar y dejar que cada lector, espectador u oyente pueda discernir por su cuenta.

En efecto, se perfila un ejemplo de periodismo en el que lo importante no es la destrucción sino la instrucción, un nuevo estilo con el que transmitir y enseñar.

Lejos de parecer una reivindicación dicho aserto viene a ser una aclaración, porque, de hecho, en el periodismo gastronómico actual conviven dos tipos de profesionales: unos afines o en línea con “la vieja escuela”, y otros, también expertos pero algo más jóvenes, que contemplan o amplian aspectos hasta ahora algo arrinconados y que optan por la confianza de los lectores base a su comedido criterio.

Una mujer que representa esta nueva forma de narrar, describir y divulgar la cultura gastronómica es la periodista Cristina Jolonch. Vinculada al periódico La Vanguardia desde hace más de veinte años deja clara una cosa: “Cada uno de nosotros  debe encontrar su propio estilo, aquel con el que se sienta cómodo”.

Cristina Jolonch y Rafael Ansón. Fotografía de Dani Duch para La Vanguardia.

Esta periodista cree que su trabajo ha de diferenciarse del resto de comunicaciones en las que, a veces, subyacen intereses; Cristina reconoce con orgullo: “Soy periodista, no soy otra cosa. […] Los que hacemos periodismo gastronómico debemos rescatar la comida y no centrarnos exclusivamente en el espectáculo y el cocinero”.

Como no podía ser de otra manera a esta periodista le gusta “comer y cocinar algo”, pero de lo  que dice estar encantada y no cansarse nunca es de “aprender, aprender y aprender”. Requisito prácticamente ineludible ligado a la profesión. Y es así como ese afán de descubrimientos le deparó un futuro, su actual presente, en el que la alimentación, la cocina y su cultura han llenado su vida. Enriqueciéndola hasta el punto de “sentirse afortunada” con lo que hace.

Esta satisfacción es algo que conocen a la perfección en La Vanguardia, periódico para el que lleva trabajando desde 1989, que no ha cesado de encargarle sabios reportajes en los que el lector se embebe de sabiduría sin que los textos denoten mayor pretensión que la de servir a su público. Tanto es así que el pasado año Cristina Jolonch recibió el Premio Nacional de Gastronomía en reconocimiento a la mejor labor periodística del 2008.

El presidente de la Academia, Rafael Ansón, describía entonces el trabajo de Jolonch como uno de los que abordan los temas desde el conocimiento, la profundidad y con el mejor estilo literario. Un trabajo que sobresale por apreciar y respetar, por encima de todo, la vertiente cultural presente en la gastronomía propia y ajena.

Siete caníbales es el blog que la periodista mantiene abierto junto con otros seis compañeros vinculados a la gastronomía. Cristina Jolonch publica sus artículos y reportajes en el suplemento dominical de La Vanguardia y es autora del libro ‘Guía Secreta. ¿Dónde comen los grandes cocineros? editado en 2008 por Libros de La Vanguardia.

Javier Bauluz, fotógrafo y artífice de Piraván

Periodismo y Derechos Humanos es la apuesta de la productora multisoporte Piraván.

A Javier Bauluz debemos la suerte de contar con un proyecto periodístico ilusionante. Lo que no es banalidad para los tiempos que corren. Hace ya algunos meses que este fotógrafo presentaba Piraván, productora independiente, cuyo objetivo es elaborar información de calidad, disponible en múltiples formatos, y basada en los derechos humanos. Para ello, Piraván cuenta con una extensa red de colaboradores por todo el mundo. Bauluz parece un hombre íntegro; lo demuestran sus andanzas y los hechos. Emociona cuando se le lee sincero afirmando que “el periodismo es un servicio a la sociedad”.  Esta nueva e ilusionante aventura viene a constatar lo fielmente que cree en las siglas de la nueva productora.  

El fotoporiodista Javier Bauluz.

El fotógrafo reclama, entre otras cosas, la recuperación del control de la profesión. Javier Bauluz no oculta su preocupación porque siente que el periodismo “ha perdido su norte: la información veraz al servicio del ciudadano”, palabras que recogía B. Yuste para el diario ABC en el pasado mes de junio.La traviesa, pilla y sinvergüenza Piraván supone la avanzadilla del periodismo multiformato y la base que garantizará la continuidad y el protagonismo con los que se ha desarrollado la profesión, hasta que poderes y política han intervenido en el proceso divulgando información interesada. Javier Bauluz sostiene que la tecnología y sus costes brindan “[…] la primera posibilidad en la historia de no tener que depender técnica ni económicamente de unos grandes medios con gran poder económico”. El fotógrafo y todo su equipo, quieren ofrecer información sin intereses, “información humana por encima de todo”.  

Fuerteventura, 2002. Fotografía de Javier Bauluz. El fotoperiodista lleva años retratando los dramas de la imnigración que arribar a España

El proyecto Piraván es fruto de una experiencia que viene de lejos y que el fotógrafo ha sabido conjugar con grandes dosis de conciencia. De formación autodicta, Bauluz empuña la cámara desde que en 1981 descubre su auténtica vocación a tenor de unas imágenes que capta en una manifestación en el Hyde Park de Londres. Y así lleva cerca de 27 años. Su inclinación natural son las escenas que reflejan situaciones sociales, comprometidas en la mayoría de los casos. Escenas con fuerte carga emocional y con tendencia a suscitar reflexiones profundas que no siempre caen bien, pese a la burda e indecente realidad que cuentan.  

Ese fue el caso de la polémica generada por una de sus fotografías realizadas en Tarifa, en el año 2000. Imagen objeto de una seria discusión entre el fotógrafo y el periodista Arcadi Espada que se vio zanjada con la resolución del Consejo de Información de Cataluña a favor del fotógrafo en cuya cámara, como dice José Saramago “lo mismo caben besos como cuerpos destrozados”. El mismo Bauluz zanjaba entonces la cuestión sirviendo la definición y esencia de su oficio: “Si el fotoperiodismo es algo, es intentar resumir una información en una sola imagen. Y la elección del ángulo y el momento es lo fundamental”.     

La indiferencia de Occidente, Tarifa, año 2000. Esta imagen fue objeto de controversia entre Bauluz y el periodista Arcadi Espada. El Consejo de Información de Cataluña falló a favor del fotógrafo.

A Javier Bauluz nadie le ha regalado nada, su reputación se debe a la confianza y el esfuerzo personales. Ha estado en protestas nacionales e internacionales, en guerras y posguerras, en poblados y en ciudades. Marruecos, Bosnia, Ruanda, Chiapas, Chile, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Panamá, Sahara, Kósovo… La lista parece infinita.Viajes, gentes, horrores y escenas que ha vivido o protagonizado realizando su trabajo como fotoperiodista para las agencias Associated Press, Reuter, Staff, VU y Gamma. Imágenes que se han publicado en El País, El Mundo, La Vanguardia, el desaparecido Diario 16, y en la revista Interviú. Fotografías que se han paseado por las páginas de las principales cabeceras internacionales como The Washington Post, The New York Times, Liberation, The Independent, o Der Spiegel; y las revistas Newsweek, Time y Geo.    

El fotoperiodista puede presumir de haber sido galardonado con premios tan importantes como el Pulitzer en 1995. Y algunos más de ámbito nacional como el premio Libertad de Periodismo de Luis del Olmo y el Godó de Fotoperiodismo, ambos en 2002.

Bauluz ha colgado sus fotografías en exposiciones en Europa y Estados Unidos, y cuenta con varios libros en el mercado. Sin embargo, divulgar y compartir conocimientos ha sido otra de sus preocupaciones, de ahí que sea habitual  conferenciante en seminarios y grupos de trabajo; desde 1997 es, además, el director del Encuentro Internacional de Fotoperiodismo de la ciudad de Gijón, que goza de gran reputación.     

Esta imagen fue galardonada con el Premio Pulizter en 1995. Bauluz es el único español que ha obtenido el galardón. La imagen está tomada en Ruanda.

Bauluz no ha reducido ni un ápice el ritmo de su actividad. Ayer día 20 participó en una mesa redonda organizada por Amnistía Internacional en Las Palmas de Gran Canaria, en la que se debatió la situación de vulnerabilidad de millones de personas a las que le resulta imposible defender los derechos contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y, también desde ayer,  con motivo del Día Internacional Contra la Violencia de Género (que se celebrará el próximo día 25 de noviembre), podemos asistir a la exposición La violencia contra las mujeres en Guatemala, en Asturias. La exposición incluye la proyección del documental contra la violencia de género Noticia de los Nadies, dirigido por este fotoperiodista que se ha inspirado en el poema de Eduardo Galeano, Los Nadies.  

Una carrera agotadora pero llena de éxito, personal y profesional. En la actualidad combina viajes, ponencias y exposiciones con el trabajo en Piraván, sus fotografías y las clases de Fotoperiodismo que imparte en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Javier Bauluz, que nos regala con su trabajo escenas apabullantes y sobrecogedoras en las que no siempre el terror se hace explícito, parece incansable, y puede que realmente lo sea.     

Enlace a la página web de Piraván: http://www.piravan.com/

Salomé García, Jefa de Información de Público

Salamé García, es una de las jefas de información con las que cuenta la prensa generalista en España. Curtida y experimentada, aglutina veinte años de periodismo entre los que destacan los más de 10 que dedicó al Periódico de Cataluña para el que elaboró información política y parlamentaria. Ahora, Salomé trabaja en el diario Público como jefa de información además de dirigir al equipo de redacción del periódico. Estas son algunas de sus reflexiones sobre la profesión periodística y su futuro, y la responsabilidad de seleccionar contenidos.

El esquema de dirección de Salomé García responde por encima de todo a las características del  periodismo actual. Está convencida de que la principal diferencia entre el periodismo de hoy y el de un pasado en absoluto lejano radica en que hemos pasado de una microvisión del mundo a un mundo global. Una globalidad de información en la que lo más relevante no es su inmediatez sino su análisis y profundidad. “Ahora se tiene un control absoluto sobre la información, ahora la mirada es global”, afirma, sin ocultar un sospechoso brillo en sus ojos que parecen rememorar sus días como redactora. Función que no ha abandonado del todo.

Salmé García, Jefa de Información del diario Público

Sobre el papel de internet la Jefa de Información de Público mantiene que, aunque aún no resulta rentable, “el futuro nos empuja hacia el digital”. Sin embargo, esto no significa que el papel desaparezca, el papel continuará siendo rentable si ofrece el valor añadido que supone la calidad del análisis a través de los distintos puntos de vista. El futuro podría conducirnos hacia una prensa para elites.

Salomé García no tiene ningún complejo en confesar que la experiencia de patear la calle le ha proporcionado la formación y la seguridad que se requieren al frente de una redacción. Por eso, aconseja profundizar en los entresijos de la profesión antes de aceptar puestos de responsabilidad. “La información de la calle es la que te pule y te da la visión de qué es lo importante”.

Esta periodista, que continúa vibrando con la noticia, se levanta cada mañana y examina la prensa para comprobar si ha acertado o no con los contenidos que va a encontrarse el lector cuando recurra a su periódico. “Lo más difícil es decidir qué información quitas, es el principal riesgo de un jefe de información”. Y no se sonroja al reconocer que no siempre gana y que a veces se equivoca. Confiesa con humildad que no le otorgó ni la atención ni el espacio que se merecía la reunión sobre el clima, principalmente entre EEUU y China, el pasado día 16 en Copenhage. Una relevancia que sí le concedieron otros medios (entre ellos El País) acertando de lleno con el asunto del día. La selección “es una de las apuestas que se hace al ser jefe de información”, y está claro que se puede ganar o perder.

El diario Público lleva en su Primera la impronta de su distinción sobre el resto de competidores de prensa generalista.

En Público esa apuesta se encuentra cada mañana en los temas que lleva en Primera y que oscilan entre la claridad del mensaje, la interpretación y la comprensión deductiva; sin embargo, el patrón común es resultar diferente, llamativo. El periódico, que se inclina sobre todo por temas sociales, cuenta con 237 redactores –repartidos entre Madrid y Andalucía- . Es una plantilla relativamente corta en la que se aúna experiencia y juventud. La paridad resulta llamativa a pesar de que, como afirma, “en periodismo es muy difícil conciliar vida familiar y profesión, más bien lo vas llevando”.

Público, republicano y laico, ha encontrado su nicho de mercado entre los lectores españoles. El periódico ha tomado serias posiciones y decisiones como la de no incluir entre sus páginas anuncios de contactos o prostitución. “No llevar anuncios de prostitución nos proporciona autoridad moral frente al resto”.

Salomé  recrimina a  las fuentes que sigan prefiriendo hablar con el jefe antes que con el redactor. Situación que compensa transmitiendo todos los datos a la persona que realmente domina el tema, que por lo general resulta ser el propio redactor. Una cuestión que no esconde su sentido de la eficacia porque “no se trata tan sólo de generosidad sino de pragmatismo”. Y sobre el debate de la preponderancia masculina en los puestos de dirección afirma con rotundidad que “la sociedad no está acostumbrada a que las mujeres ocupen puestos de mando”, y recomienda “la costumbre para ver progresos”.

El mensaje final de Salomé García retrata a fondo a la persona y su concepto de profesionalidad: “Hay que aspirar a ser buen periodista y no jefe. El oficio es más divertido y gratificante”.