¡Indignaos!, de Stéphane Hessel


¡Indignaos! Ediciones Destino (2011). Colección Imago Mundi.

De la indignación nace la voluntad de compromiso. Para comprometerse hay que encontrar motivos. Los motivos pueden permanecer ocultos, o dispersos, también pueden hallarse camuflados o aparecer en dramático compendio. Unas veces los motivos brotarán con dañina evidencia; es el caso del hambre, la explotación, la guerra… Otras serán tergiversados con estadísticas, manoseados con eufemismos o cobijados con dinero.

La indignación colectiva de la humanidad ante la desigualdad, la pobreza, el egoísmo financiero, la violencia o el consumismo irracional se concentran ahora con fuerza en unas cuantas páginas. Breves pero concisas. Páginas escritas por un lúcido anciano que presencia, con asombro y estupor, la paralización social en unos tiempos en los que, como escribe, debieran andar en pacífica revuelta. El anciano no es otro que Stéphane Hessel, quien en poco menos de sesenta páginas nos lanza un potente grito de movilización e insurrección pacífica. ¡Indignaos!, afirma. “Indignaos porque hay razones para ello”.

La exclamación nace de la experiencia. Hessel sabe que está a punto de decir adiós. Y porque percibe el próximo final quiere recordar y compartir los cimientos de su compromiso político. Estos comienzan con su adhesión a la Francia combatiente del general Charles de Gaulle en el año 1941 bajo la amenaza del fascismo alemán. Tras el fin de la batalla, los principios y valores que asentaron la democracia moderna en su país, explica el autor, “son hoy más necesarios que nunca”.

Stéphane Hessel. Foto Daniel Mordzinski, El País 16-01-2011.

Con ¡Indignaos!, Hessel, quien formó parte del equipo que dio vida al texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, lanza muchos gritos, uno muy particular es el de la causa Palestina. Otro es el de negarse a perder los beneficios sociales por los que tantos lucharon años atrás. Pero estos gritos son dos de tantos.

¡Indignaos! constituye una lectura obligatoria en estos días en que vemos, con más o menos éxito, impulsos y ganas de cambios (en las revueltas del mundo árabe, con los estudiantes y ‘extranjeros’ nacionalizados en Francia, en un joven y maduro grito portugués, en Inglaterra y su relevante queja universitaria…).

En este título confluyen las voces expertas de dos ancianos muy despiertos: el autor, y nuestro escritor José Luis Sampedro, quien da vida al prólogo para advertirnos corroborando cada una de las palabras de Hessel. Escribe Sampedro con el mismo ánimo de despertar. Escribe nuestro nonagenario escritor con ese aplomo que proporcionan la edad y la experiencia sobre la banca, la crisis y los sistemas financieros: “Ni siquiera los gobiernos han tomado medidas para limitar sus acciones, ni se han eliminado los paraísos fiscales, ni se reforma significativamente el sistema”. “Buscad y encontraréis”, prosigue Hessel, vuestra razón para indignaros, porque ese, ese es el primer paso.

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Cocinar hizo al hombre, de Faustino Cordón

Selección, evolución y supervivencia rodean al ser humano desde que nuestros rudimentarios antepasados decidieron descender de los árboles obedeciendo instintos primarios.

Todo lo que sucede “está determinado por la evolución”. Así de rotundo se han mostrado numerosos científicos, y así de categórico se muestra también el desaparecido profesor Faustino Cordón en la obra ‘Cocinar hizo al hombre’, un nutritivo volumen en el que nos explica la importancia e influencia del medio en el origen de la especie humana.

Con frecuencia y casi por obligación, cuando escuchamos hablar de la selección natural de las especies recurrimos a Charles Darwin. Sin embargo casi siempre olvidamos que, en lo que atañe al hombre y su dominio sobre la Tierra, la alimentación y más concretamente la transformación de los alimentos resultó vital. Lo cierto es que la nuestra no es tanto una historia de selección natural como de deliberada intervención animal acuciada por la necesidad de garantizar el alimento.

'Cocinar hizo al hombre' de Faustino Cordón está editado por Tusquets, Colección Los 5 Sentidos.

Una historia humana que comenzó hace 15 o 20 millones de años cuando una especie animal y originaria se dividió dando lugar a dos importantes grupos: los “grandes monos y los grandes homínidos”. Sólo una de estas especies descendió al suelo hasta transformarse en homínido, y fue ese homínido el que evolucionó hasta devenir en hombre.

El medio fue modelando la conducta y la configuración corporal de esta especie en tres cruciales actos, de los que uno transcurre en la fronda del bosque y los dos siguientes en suelo y campo abierto.

El mono que desciende, el que nos interesa, comienza a agudizar su vista, desarrolla tareas de cooperación, se esfuerza en la búsqueda de su seguridad -sobre todo cuando es más vulnerable, por la noche, cuando el cansancio obliga al descanso y la inactividad-. Nuestro antepasado hominidae evoluciona y descubre útiles –pasa de emplear palos y piedras comunes a utilizar herramientas con una finalidad-. Descubre el fuego y precisa del lenguaje para comunicarse; al principio con sonidos guturales que indican la proximidad del peligro, luego con la precisión y variedad de sonidos que señalan determinadas acciones de grupo, sonidos más profundos en cuanto a significación. Y un largo transcurrir finalmente consigue dominar el espacio gracias a la palabra.

En este apasionante viaje es la intervención del hombre la que transforma el equilibrio natural estableciendo diferencias respecto al resto de animales que manifiestan “pautas de comportamiento”; él, en cambio, se “atreve, hace, prueba”.

El trascendental lenguaje, que establece las bases de la incesante actividad humana, fluye gracias a la actividad culinaria. De animal heterótrofo pasa a ser una animal autótrofo que no se limita a un solo alimento sino que lo prepara y produce, distinguiéndose así del resto de animales de su entorno. Fue la aparición del fuego y la posterior actividad culinaria la que establecieron las condiciones idóneas para la comunicación en una primitiva sociedad basada en la cooperación.

Venciendo la repugnancia a comer alimentos extraños nace un homínido cocinante; el único animal para el que paradójicamente el alimento artificial es su natural alimento. Es la cocina la que mueve a la acción, la que perfecciona el lenguaje indicando además de un verbo el predicado; la nueva actividad conlleva una serie de acciones ordenadas que van desde la recolección y el almacenaje a la transformación, para posteriormente ir perfeccionándose y pasar del fuego directo al barro y la cazuela.

Así que en el mismo año en el que Darwin y su crucial obra cumplen 151 años, escoger el trabajo de Faustino Cordón como complemento a la lectura del viaje evolutivo de las especies no está demás.

Cordón, que en su momento sorprendió al universo científico con esta obra, confiesa en la misma que su objetivo fue la persecución del pensamiento verdadero con el que influir en el continuo desiderátum que alberga todo hombre de ciencia. No se olvida este científico y profesor de lanzarnos una crucial advertencia: el disfrute gastronómico es una de tantas formas de gozar. Al igual que elevamos a la categoría de amor el placer sexual, la cocina se ha transformado en gastronomía gracias al afinamiento y conocimiento del paladar. “Como el pintor o el músico, el artista de la cocina debe trabajar para lograr un goce estético que el buen gastrónomo apreciará”. Y por eso, ‘Cocinar hizo al hombre’ es una lectura obligada para todos aquellos que aspiran a convertirse en eficientes estudiosos de la gastronomía porque, al fin y al cabo, es en el origen donde encontramos muchas de las explicaciones a nuestros más triviales impulsos genésicos.

Sobre la fotografía, de Susan Sontag

Si la magdalena de Proust estimulaba los recuerdos de manera superficial, la clásica obra de Susan Sontag titulada Sobre la Fotografía avala dicha teoría y va más allá. Para Sontag, que escribió este libro hace treinta y siete años, la fotografía -y por tanto el objeto, la cosa- no sólo despierta la memoria sino que la reemplaza por completo.

Desde que la fotografía se presentase en sociedad como símbolo o emblema de modernidad ha ido ganando terreno, afianzándose en el arte y en la vida civil. Atados a recuerdos con el apoyo fotográfico de álbumes, marcos y demás tipos de impresiones caminamos sin reparar en la invasión icónica en la que nos vemos inmersos. Vivimos y sentimos conforme a su orden y mensaje.

Esta teoría o circunstancia, incrustada a veces en ausencia de consciencia, supone la aceptación de una experiencia personal (pasada y presente) desde la distancia para después trasladarse de lo personal a lo general, a lo mundial, afectando a nuestra concepción y percepción del mundo y a la interpretación de sus múltiples sucesos.

Portada del libro Sobre la Fotografía de Susan Sontag. Editorial Alfaguara.

El poder de la fotografía se encuentra en la creencia de que refuta lo que muestra; aquello que aparece se convierte en realidad. Pero esa realidad está impregnada de “un halo invisible, del gusto y la conciencia del autor”. Narra la autora que “a pesar de que el disparo proceda de un acto involuntario o indiscriminado o lo realice una modesta mano inexperta es, precisamente, ese gesto de pasividad inocente el que evidencia todo el poder de la imagen”. En las manos del que sustenta la cámara se encuentra el poder porque escoge y selecciona, fragmenta la realidad (puede alejar, acerca o esconder lo bello y feo en sus sentidos más amplios y variados que quepa imaginar).

Pero esa fotografía que nos sirve para informar, recordar y sentir, también nos sirve para poseer. Uno de los muchos aciertos que lanzó Sontag en Sobre la fotografía fue la detección de la participación activa del observador de imágenes; es el espectador el que decide los efectos de la contemplación. Con el sobreañadido de que el poseedor de imágenes ostenta otro magnífico poder: el de apropiación pues puede observar y disponer de la imagen a su antojo.

Dice Sontag que “la cámara es una sublimación del alma”, que busca a quién devorar. Y es cierto que ante una cámara nuestro habitual y natural comportamiento se transforma (incluso aunque lo haga imperceptiblemente).

Todas estas son razones suficientes para recuperar tan brillante y substancial obra. Hace tiempo que las imágenes dejaron de ser un juguete para formar parte del decorado general del ambiente; se valoran porque proporcionan información. Cualquier fotografía tiene un conjunto de significados y aquella que no explica nada es “una inagotable invitación a la deducción, especulación y fantasía”. Con razón defiende la autora que “en rigor nunca se comprende nada gracias a una fotografía”. “La fotografía implica que sabemos algo del mundo si lo aceptamos tal y como la cámara lo registra”. Un sano ejercicio para comprobarlo puede ser repasar a fondo primero imágenes y luego pies de foto para comprobar como con frecuencia estos suelen invalidar lo que parece evidente a los propios ojos.

El asunto de fondo de esta lectura, el poder que ostenta la fotografía (tan favorecida por la tecnología que sus límites parecen ya infinitos), permanece actual por la demostrada capacidad de duplicar e imitar el mundo. A los fotógrafos se refiere Sontag como “escribas y no poetas” precisamente por esa capacidad de registro.

Sobre la fotografía es una extensa y profunda reflexión de los efectos que las miles de fotografías que rodean la vida provocan en los individuos. También es un buen compendio sobre la evolución y diferentes estimaciones que han rodeado siempre a la fotografía, incluida la polémica entre arte, replica y documento.

Una de las primeras aplicaciones fotográficas fue garantizar la imagen de los seres queridos que habían muerto.

La ya fallecida autora, que llevaba años preocupada por la permanente presencia de las imágenes en la sociedad, reunió en un lejano 1973 los artículos que publicó en The New York Times Review of Books sobre el tema, y dio forma a este imprescindible volumen sobre fotografía. Y lo hizo partiendo de la investigación, aplicando rigor y respeto. Comprobó como desde la evocación y construcción de recuerdos hasta la historia de la humanidad se han estado rindiendo a las “evidencias” de una escena fotográfica. De tal modo que se produce una increíble prevalencia de las fotografías sobre la experiencia. Sontag sostiene durante estas páginas que los seres humanos recordamos instantes y vivencias porque los fijamos mediante imágenes. Su teoría descubrió una fotografía que fue ganando terreno a la experiencia personal que precisaba de su apoyo para ser validada.

Sobre la fotografía puede entenderse como la aguda visión de una autora filosófica sobre la construcción del mundo y nuestra forma de observarlo, traducirlo y entenderlo. O puede proclamarse como el manual de la estupidez humana en cuanto a la aceptación del imperio de uno de sus sentidos, la vista, por encima de todos los demás, dejando en la peor de las posiciones al principal de todos ellos: la inteligencia. En cualquier caso, Sontag nos dejó un imponente legado reflexivo sobre el imperio y la dependencia de las imágenes. Podemos afirmar que la fotografía ha pasado a sustituir experiencia y realidad, relegando palabra escrita o estudio (numerosas investigaciones indican que cada vez leemos menos y miramos más). Pensando así, no es extraño que tras su lectura abracemos la misma conclusión a la que llegó la autora: “No hay muchas fotografías que valgan mil palabras”.

La obra de Sontag no ha perdido interés y continúa siendo una lectura básica para todos aquellos que precisan entender este mundo repleto de imágenes.

Alfredo Gómez Cerdá, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2009

“Acompañar a los niños a las librerías es el mejor ejercicio para fomentar el hábito de lectura”. Alfredo Gómez Cerdá, escritor.

Ilustración de Xan López Domínguez. 'Barro de Medellín' de Alfredo Gómez Cerdá.

Afable, locuaz e infatigable lector, la trayectoria de Alfredo Gómez Cerdá da vértigo. El escritor aboga por la complicidad con los pequeños para fomentar su pasión por los libros. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2009 por su novela Barro de Medellín, acaba de publicar otro título, El botín de Atolondrado, una peculiar historia de piratas en el que propone un cambio de roles de acuerdo con los tiempos.     

Barro de Medellín es un  libro estrella ¿Esperaba nuevo galardón? Este libro no voy a poder olvidarlo en la vida. Y el colmo ha sido el Premio Nacional. El Premio Nacional es lo máximo, no lo esperaba aunque sí sabía que se encontraba entre los 20 finalistas.   

¿Hubiera preferido el reconocimiento a toda su trayectoria, con 93 títulos publicados? Cuando supe lo del Premio Nacional experimenté una satisfacción enorme.  Las bases indican que se premia un libro, no una trayectoria. Pero mucha gente pensamos que este premio debería reconocer la trayectoria de una carrera literaria.         

El escritor y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Alfredo Gómez Cerdá.

 ¿Por qué ha resultado tan especial esta novela? La escribí en un mes, era una historia que tenía muy clara. Nace de un viaje a Colombia. La gente de Medellín, a pesar de pertenecer a un barrio marginal, es encantadora. Es un barrio de chabolas, de casuchas, de calles mal pavimentadas. Pero tiene una gran biblioteca de la que la gente se siente orgullosa.      

Ése es precisamente el inicio del libro. Háblenos de él. En el fondo no es más que esa metáfora que han adoptado los habitantes de Medellín como lema: “Contra la violencia, cultura”. Los libros son los protagonistas, tabla de salvación de los dos niños protagonistas, Camilo y Andrés. Su paisaje es real, pero los personajes no, aunque resultan verosímiles. El libro trata de las familias desestructuradas, de la pobreza, la marginalidad… Pero es positivo, ofrece una salida y está en los libros. 

Las miserias del mundo no es precisamente un tema que los padres, generalmente, consideren como formación. En ocasiones, ni siquiera son capaces de contar tantas injusticias.  No y por eso resulta interesante. Incluso en esas circunstancias dos niños son capaces de la mayor amistad posible. Y cuentan con la complicidad de una bibliotecaria que abre un camino a la esperanza.     

¿ Desde cuándo la vocación por la literatura? Desde que tenía diez u once años ya estaba escribiendo. Era un juego, inventaba  personajes… pero hacía mis novelitas e incluso las encuadernaba.  Dejaba hojas en blanco porque me gustaba que los libros tuviesen dibujos, y ahí  hacía mis dibujos.   

¿Siempre quiso ser escritor? No, pensé en ser periodista, luego estudié filología española y más tarde descubrí que mi verdadera vocación era la de escritor. 

¿Cuándo decide apostar en firme por la literatura infantil y juvenil? Cuando tuve quince o veinte libros publicados decidí dar el salto. Al principio tenía ciertas dudas sobre sí podría conseguirlo o no. Pero ahora reconozco que soy un privilegiado porque vivo de la escritura.     

No descansa, nuevo libro en el mercado de la mano de Edelvives y de nuevo con temática actual y sugerente. El botín de Atolondrado es una historia de piratas con trasfondo familiar. Pendenciero es un pirata casado al que le gusta estar en casa, así que en la historia se produce un cambio de papeles y será su esposa la que surque el mar.  

 ¿Dónde encontramos la mejor información para descubir los libros idóneos para jóvenes y niños?  En revistas especializadas, circuitos muy concretos, pero en los medios populares solamente aparece literatura infantil cuando se acercan las navidades y cuando comienzan las vacaciones de verano.    

Alfredo Gómez Cerdá acaba de publicar El botín de Atolondrado en la editorial Edelvives.

 ¿Cuál es su técnica, si es que emplea alguna? Es muy diferente escribir para una franja de edad de entre 3 y 4 años hasta los 8 o 9, y de ahí en adelante hasta los 15 o 16. La verdad es que no hago concesiones. A los niños puedes contarles cualquier cosa, lo importante es que se entienda la historia.     

La tecnología invade a adultos y a niños. ¿Cómo compatibilizan los padres toda la oferta de ocio existente? Si queremos enfrentarnos con los videojuegos y cualquier artefacto tecnológico que ofrezca distracción y ocio, tenemos la batalla perdida. La literatura es otro complemento del ocio actual, lo que hay que hacer es no descuidarlo.      

¿Qué pueden hacer los padres para fomentar el hábito de lectura de sus hijos? Recomiendo un ejercicio relativamente sencillo y es que padres e hijos vayan juntos a la librería a comprar un libro. Que visiten juntos la estantería infantil, miren, escojan el tema, participen… Es el comienzo para aprender a conocerse literariamente y tomar contacto con la literatura.    

El libro infantil y juvenil atraviesa un buen momento, está más vivo que nunca. ¿Cómo ve su futuro? Ahora tenemos la suerte de contar con libros infantiles muy interesantes, curiosos y que se prestan al debate. Creo que si el niño ve que el padre lee su libro y luego lo comentan, se da un paso de gigante. Buscar esa complicidad es vital para favorecer el aprecio y el gusto por la literatura. Entonces, habrá mucho futuro por delante para todos.  

Publicado en la revista Mejores Padres, 2009.

Arquitectos de nuestro destino

Perseguir el cambio, alcanzar la evolución. Contar con la firme voluntad de querer llevar un plan de transformación personal o profesional (o ambos a la vez). También sacar lo mejor de nosotros mismos a través de la práctica de unos hábitos para los que no hace falta más que entrenamiento desde la convicción y respetar una mínima pero suficiente planificación. Estas son las consideraciones que aglutina el libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, de Stephen R. Covey, experto gurú de la comunicación y la gestión empresarial, líder en managment y dirección de personas.

El libro de Covey, éxito de éxitos, tiene su aplicación en el mundo de la alta dirección y en cada una de nuestras pequeñas e intransferibles organizaciones personales, es decir, nuestras vidas.

Covey describe una auténtica “revolución ética en la vida cotidiana y en la empresa”. Una serie de hábitos diseñados para que ganemos todos, sustentado en el respeto y la sinergia. Siete hábitos que comienzan con una actitud proactiva (positiva y con sentido de la responsabilidad). A la que sigue la necesidad de  tener un fin en mente (un objetivo que de razón de nuestras vidas), así como llevar a cabo primero lo primero (distinguir lo importante y urgente de lo que no lo es, y ambos entre sí). Pensar en ganar/ganar (una filosofía total con la que todos obtienen beneficios), comprender y luego ser comprendidos (demostrando así empatía y respeto hacia el otro) y sinergizar con lo que nos rodea y los que nos rodean.

Stephen R. Covey autor del libro 'Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva'.

El autor, que cuenta con miles de adeptos, explica que los problemas que afrontamos en el día a día recaen sobre tres posibles áreas. Sobre la primera de ellas tenemos control directo e involucra nuestra propia conducta. Sobre la segunda, el control es indirecto porque involucra la conducta de otras personas. Y sobre la tercera y última, no tenemos control porque afecta a problemas acerca de los cuales no podemos hacer nada, como los de realidades situacionales o pasadas.

Pero resulta fundamental la actitud que adoptemos antes y durante todo el proceso; uno debe querer cambiar porque sólo a uno le compete ser el arquitecto de su destino. Todo lo demás es dejar que las circunstancias u otros te lleven; “no actuar sino ser actuado”.

Conviene recordar que las siete pautas o hábitos de la gente altamente efectiva no significan que vayamos a encontrar justicia con respecto al pasado. Están diseñadas para progresar y mejorar presente y futuro. Por eso los cambios deben producirse de dentro hacia fuera.

Covey ha conseguido sintetizar lo que denomina “valores fundamentales en la vida”, y que debemos procesar en nuestro interior en función de nuestras metas. Estos valores son: la experiencia o lo que nos sucede; la creación o lo que aportamos a la existencia; y la actitud, la respuesta que damos ante situaciones difíciles”. Y son las circunstancias difíciles las que suelen dar origen a cambios de paradigma, el cambio interior en la manera de ver y enfocar las cosas.

La clave del éxito reside en una resolución firme que ha de tener presente la administración personal, el reparto de tareas y un enunciado personal (lo que quiero cambiar o alcanzar). Es decir, el conocimiento de lo que perseguimos, la capacidad para alcanzarlo y la motivación (querer hacerlo). Sin olvidarse de “afilar la sierra”: permancer de por vida atentos y en estado de renovación.

Pero para poder llevar a cabo el plan de Covey, hay que usar recursos y mostrar iniciativa. En una palabra: ser proactivo, y realizar un cambio progresivo y personal completamente convencido. Se trata de transformar el enfoque sobre las experiencias, mirar y ser capaces de traducir de forma positiva aquello que nos rodea o en lo que nos vemos inmersos. Meditar sobre ello y buscar una solución alternativa a un problema presente para pasar a otro estadio: el de control sobre el tiempo de cada una de nuestras vidas. Ser responsables con las acciones y conducir nuestras vidas siguiendo unos valores. Al fin y al cabo, lo único sobre lo que de verdad tenemos control somos nosotros mismos; y como resumió a la perfección Eleanor Roosvelt: “Nadie puede herirte sin tu consentimiento”.

Y ahora, cambia de paradigma y vuelve a observar la ilustración principal con la que se abre este texto. ¿Qué ves? ¿Una frágil anciana o una sugerente y joven atractiva?

101 Experiencias Gastronómicas que no te puedes perder

Portada del libro '101 Experiencias Gastronómicas que no te puedes perder', editado por Planeta (2010).

Los adeptos a la cocina disponen de un nuevo título literario con el que recrearse en afición y adicción gastronómica. El libro 101 Experiencias Gastronómicas que no te puedes perder ( o que disfrutar antes de morir, según ediciones),  obra de José Carlos Capel recoge, ilustra y aromatiza a través de textos una cocina para paladares exigentes que busca de calidad y distan de injustificadas extravagancias culinarias. La obra de Capel, oportuna y justificada no sólo en la verdad que encierra parte de su título, aborda lo mejor de los sencillos y nada simples fogones nacionales con sinceridad y sin repartir devociones.

Definir el contenido de este libro depende porque en función de la óptica particular con la que se aborde. Podrá parecer otra guía más, sin serlo al uso, pero lo más seguro es que suscite en el lector la necesidad de reencuentro con la fidelidad y los orígenes gastronómicos más auténticos. Con las garantías de encontrar los mejores restaurantes, lugares donde degustar diversos productos, siempre los mejores en su género, que José Carlos Capel se ha encargado de anotar cuidadosamente con la devoción hedonista de un articulista reconocido y galardonado que no se olvida de su misión.

José Carlos Capel, Julia Pérez y Federico Oldenburg, artífices del libro '101 Experiencias Gastronómicas que no te puedes perder'.

El autor, que ha contado con la participación de Julia Pérez y Federico Oldenburg, no esconde sino que muestra y demuestra las delicias de la cocina española que el transcurrir del tiempo ha ido volcando sobre las mejores recetas elevándolas hasta la categoría de glorias en la tierra. De ahí el título, 101 Experiencias Gastronómicas que no te puedes perder. Frase con la que José Carlos Capel quiere asegurarse de que nadie abandone este mundo sin probar una seria recopilación de excelencias gustativas con las que experimentar placer (o al menos sin leer sus estupendas reflexiones y descripciones sobre las mismas).

Colocar el placer al alcance de todos es para lo que han trabajado los artífices del libro, el principal y sus dos ‘secuaces’. El título de la obra, por sí solo, aventura bastante la propuesta: lugares y recetas imprescindibles con los que deleitar el alma. Sitios y sabores para dejar satisfecho estómago y paladar (el orden es intencionado) sin recurrir o abusar, en esta ocasión y contra todo pronóstico, de tecnologías y exagerados artificios tan presentes por su espectacularidad.

A través de la buena mesa José Carlos Capel, Julia Pérez y  Federico Oldenbrug conversan, degustan e invitan al lector a disfrutar del goce que proporciona actos tan cotidianos como comer o cenar. El libro es una exposición o recorrido sin demasiados misterios, o justo todo lo contrario, porque nace de la observación para sopesar minuciosamente unos cuantos fogones que ofrecen con extraordinaria calidad esa variedad, nuestra y habitual, que se ha ido desplazando de las principales cartas. Y que lo ha hecho sigilosamente, despacio. Y a fuerza del relego ha dejado vía libre a la tecnología e innovaciones de los nuevos jefes de cocina para los que presentar caldos, estafados y potajes (por poner algunos ejemplos) representan, principalmente, un problema estético.

En el prólogo un afortunado Boris Izaguirre señala un aspecto fundamental sobre el  que basta echar la vista atrás para constatar: la importancia in crescendo que ha ido cobrando la cocina y todos sus productos en nuestro tiempo; y de entre todos ellos, el libro, resurge y sobresale en las bibliotecas para describir también cómo es nuestro siglo XXI.

Aceptar el grueso del título y correr a experimentarlo no resultará extraño tras la lectura y sus sugerencias. Sobre todo teniendo presente que provienen del organizador de Madrid Fusión y miembro de la Academia Española de Gastronomía quien tiene muy presente la irrevocable mortalidad del ser humano y la necesidad de disfrutar en vida.

Contigo, de Ángel Gabilondo

Portada del libro de Ángel Gabilondo titulado Contigo. Editorial Aguilar, 2009.

Contigo es un libro breve, intenso y sincero. Un ligero volumen que encierra breves y profundas redacciones, reflexiones que parecen haber sido anotadas durante años, muy ligadas a experiencias y situaciones. Una especie de carta de múltiple encabezado  dirigida a otro, o a otra, en las Ángel Gabilondo expresa, analiza y ahonda en sentimientos vívidos o acaso imaginados. Contigo es un libro que nace del objeto de observación, y de la preocupación personal del autor por el presente.  También de su  necesidad de no dejar aparcado u olvidar el pasado. De la admiración por los complejos sentimientos que afronta y a los que se enfrenta el ser humano.

La propuesta que lanza el ministro no es otra que la recomendación de un hombre que conoce, sabe y aprecia la importancia de decir, expresar y sentir con las palabras. Un poder que descubrimos cuando escogemos adecuadamente lo que decimos si es que nos atrevemos a mostrarnos; cuando no tenemos miedo y apostamos por la sinceridad con uno, y con los otros a los que nos dirigimos.

Contigo lo forman cuarenta y cinco capítulos en los que pesa la necesidad de rendir y pedir cuentas. Presta atención  a los deseos, a las necesidades, a los miedos, a lo hecho y deshecho. Contigo se dirige a todos aquellos que tratan de buscar sentido a su vida más profunda, a aquellos que, alguna vez, han necesitado ser escuchados para conocerse u observarse en el efecto o reflejo de sus palabras.

Sin huidizas conclusiones Gabilondo concede la dimensión adecuada a cada palabra, íntima o pública. O ambas a la vez, porque sorprende la honestidad con la que se despoja del traje de ministro para presentarse exclusivamente humano. Contigo es una confesión de lo mucho que no vemos en su persona. El olvido, el amor, los miedos, lo real, las pérdidas, un paseo, un libro, lo que decimos u ocultamos, los distintos tipos de afectos y sus grados. Todo está en este libro desde una dimensión única: la de no olvidarnos nunca que la vida siempre trae múltiples posibilidades y que, a veces, nos faltan las palabras en el momento adecuado, un momento que parece haber hallado al fin su sitio en este libro que viene a darles voz.

Este Ángel Gabilondo, que vemos, leemos, que percibimos altamente poético, está muy alejado de la pompa y requisitos que exige su cartera de educación ministerial. Sus páginas ofrecen el testimonio de lo que viene reflejándose en sus ojos: una incesante búsqueda intelectual, deformación profesional o cualidad personal, a la que se ha dedicado toda su vida. El libro rezuma y reivindica la necesidad de comprensión de los actos cotidianos pero también de los complejos. Gabilondo deja constancia en estas páginas de su confesión y reconocimiento ante la incapacidad que siente al constatar que resulta imposible desvelar todo lo que somos. Ni siquiera, reconoce, resultan visibles nuestros propios e íntimos secretos.

Numerati, de Stephen Baker

Portada del libro de Stephen Baker, Numerati. Editorial Seix Barral, 2009.

Desde hace tiempo los científicos de todo el mundo se preguntan  cómo enseñar lenguaje y pensamiento a los ordenadores. Y muchos, casi todos, han optado por el método lógico: siguen la tradición iniciada por Aristóteles, quien consideraba a las matemáticas una división de la filosofía. Aristóteles dividía el mundo del conocimiento en vastos dominios, en diferentes entes en los que habitaban sus propias realidades, reglas y relaciones.  Pero para poder acercarse a esas realidades se precisan datos, y los datos son la principal materia de la que se compone la obra Numerati, de Stephen Baker.

La cuestión más inquietante que plantea Baker, son las consecuencias de esa tradición aristotélica que ha saltado siglos y siglos.  Su aplicación al campo de la mercadotecnia y las ciencias políticas se está desarrollando gracias a unos individuos a los que Baker denomina Numerati, científicos, matemáticos e ingenieros de programación con la máxima graduación de estudios.

Los Numerati tienen una única obsesión: conocer pasos para así descubrir conductas. Y para llegar al fin están desarrollando lo que el autor denomina “el modelo matemático de la humanidad”.

Gracias a las nuevas tecnologías, la intuición de los anunciantes se ha cambiado por el análisis. Son las pequeñas cookies (galletas) que se envían o quedan alojadas en el ordenador las que permiten seguir el recorrido de los usuarios de una página web a otra. Esas respuestas que ofrecemos, o esas huellas que dejamos, compuestas de interminables cadenas de ceros y unos, son el preciado tesoro que obsesiona a los Numerati y que  reportarán dinero y votantes. Desde empresas farmacéuticas hasta compañías de seguros, partidos políticos, consultoras y gestores de personal, tendrán en sus manos los datos y perfiles con los que modificar conductas o preverlas; inducir o dirigir las compras; encontrar seguidores potenciales y “votantes bisagra” (aquellos que son proclives al cambio ideológico). Empresas que podrán hacernos más productivos, incluso ofrecernos la mejor de las parejas, o detectar cambios emocionales simplemente analizando la estructura de lo que escribimos o el lenguaje que empleamos.

La moda numeraria, filosofía de nuestra era, nos llevará a un mercado en el que la empresa o institución que cuente con las mejores bases de datos dispondrá del conocimiento con el que se comercializará en las próximas décadas. Contempla aspectos positivos como la detección y prevención de enfermedades, pero también inquietantes como la detección de personas malévolas o no. Porque al contar con estos datos, que harán posible la identificación de cualquier individuo, están exponiendo y coartando la libertad a los habitantes del planeta.

El periodista y escritor Stephen Baker es especialista en blogs, matemáticas y nanotecnología.

Nadie está ajeno, y lo más inquietante o paradigmático consiste en asumir que hoy en día somos nuestros propios espías. Minuto a minuto enviamos actualizaciones electrónicas y dejamos un rastro de migajas que los Numerati o recopiladores de datos, usurpando la identidad de Hansel y Gretel, persiguen con obstinación. Su objetivo es captar las tendencias sean cuales sean.

La idea no se centra en la individualidad sino la pertenencia de grupo. De ahí la relevancia de acumular datos con el máximo de variantes para luego cruzar la información y obtener grupos con rasgos comunes. O, mejor aún, con los rasgos que verdaderamente nos diferencian, que nos hacen insólitos, individuos aislados individualmente pero potencialmente interesantes en su conjunto.

La suma de los datos proporciona determinados perfiles. Los Numerati apilan esta información en columnas de “datos no estructurados” que luego separarán para identificar pautas. Sirven para cuantificar, modelar y convertir a los individuos en instrumentos financieros. Hoy, estos seres tienen en sus manos la base del negocio futurista en el que todos estaremos definidos. Nuestra suerte o  salvación radicará en que de esas listas no se salva nadie, ni siquiera ellos. Todos nuestros clics forman parte del experimento.

Sin embargo, el escritor e investigador, Stephen Baker no da nada por perdido porque como señala en el libro, “por mucho que se empeñen en medirnos contamos con la mejor y más potente arma: el cerebro humano, el ordenador más potente y sofisticado del planeta”. Somos y seremos imprevisibles en muchas de nuestras acciones, por lo que predecir con fiabilidad continuará siendo, a beneficio de la humanidad, la mejor de nuestras opciones.

La ética periodística no es circunstancial

La periodista Janet Malcolm.

La periodista Janet Malcolm.

No cabe duda de que la principal (si no la única) tarea del periodista es la de recabar información con la que más tarde elaborar una redacción periodística en función del género escogido. Es una tarea que ha de realizarse con esmero, pero sobre todo con honradez, más aún cuando de entrevistas se trata. Quienes piensen que afrontar un cara a cara es fácil, es que no han realizado muchos; porque cada personaje es único, y porque la relación que se establece entre el periodista y el sujeto requiere distanciamiento, prudente y moral, para evitar distorsiones en el resultado.

El periodista necesitará acercarse al protagonista (o los protagonistas) de la noticia para investigar, para arañar la superficie y tratar de esclarecer la verdad. En eso consiste su trabajo. Querrá que confíen en él, y tendrá que hacer creer que tratará sus informaciones con benevolencia, con la benevolencia que reclaman y que creen merecer todos los entrevistados (independientemente de su actuación). Pero esto no es cierto, todos sabemos que unos datos colisionarán con otros, y unos entrevistados quedarán mejor que otros en función de su papel. El periodista tendrá que sacrificar al sujeto a causa de las necesidades de su texto, y debido al espejismo de la objetividad.

Este interesante debate moral es el que muestra la escritora y periodista Janet Malcolm en su libro El periodista y el asesino. A través de un caso real, en el que un asesino demanda al escritor encargado de su biografía al hilo del terrible suceso por el que está en prisión, Janet Malcolm describe la relación que se establece entre ambos personajes. El escritor será acusado de engañar a su fuente que considera que el resultado de las múltiples entrevistas que mantienen hasta la publicación del libro no se corresponde con la realidad.

Janet Malcolm ahonda en una cuestión clave y frecuente en el ejercicio del periodismo: la ética que mueve los hilos para la obtención de la verdad.

Portada del libro El periodista y el asesino, de Janet Malcolm. Editorial Gedisa, 2004.

Portada del libro El periodista y el asesino, de Janet Malcolm. Editorial Gedisa, 2004.

¿Es lícito hacer creer al entrevistado que se comparten puntos de vista con el objeto de recabar más información? ¿Debe el periodista advertir a su entrevistado del riesgo (informativo) que supone su declaración? ¿Puede adornar, para bien o para mal, su redacción?

Un periodista cuando ejerce su profesión no puede ser amigo de su personaje, de su entrevistado. El periodista –defiende la autora- debe trabajar en un estado de anarquía total, en el sentido de no deber nada, de no engatusar a nadie y de no perder nunca su principal objetivo: informar. Porque al contario que un escritor de ficción que construye la realidad a su antojo, el periodista se enfrenta a una realidad hecha, con personajes cuya esencia tendrá que transcribir, y –el detalle es importante- que tienen su réplica en la vida real.

El periodista y el asesino es una lectura interesante y ágil, pero sobre todo es una obra muy recomendable por su carácter intemporal para cualquier periodista o aspirante a serlo. El periodismo requiere esfuerzo, y, en ocasiones, se corre el riesgo de querer atajar en la carrera hacia la información. “La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra”, dice esta profesional que tiene a sus espaldas una experiencia, si no igual, bastante coincidente con el eje del relato, circunstancia que contribuye y amplia las perspectivas de la narración. De ahí que este libro, en el que se demuestra que el informador debe moverse conforme a unos valores éticos, resulte tan revelador.

El periodismo débil, de Teodoro León Gross

El periodismo débil, de Teodoro León Gross. Editorial Almuzara, 2005.

El periodismo débil, de Teodoro León Gross. Editorial Almuzara, 2005.

La simplificación y el reduccionismo constituyen una amenaza para el periodismo. Y entre las tareas que conciernen y competen a la prensa, no solo como actividad empresarial sino como servidor de información de la gestión política y administrativa de los Estados, resultan cruciales los conocimientos sobre el funcionamiento de los periódicos, la distribución temática de sus espacios, y los elementos que componen sus páginas.

Esta propuesta se encuentra en el libro El periodismo débil de Teodoro León Gross, toda una invitación para profundizar, desde la crítica, en aspectos del periodismo que en el caso español muestra evidencias de fatiga. Si se considera que la Unesco fijó el índice 100,  en cuanto a circulación de prensa, como registro de referencia para considerar desarrollado a un país, y si tenemos en cuenta que en España la venta de periódicos está en 100 ejemplares por cada 1000 habitantes, encontramos -como recuerda este autor- un panorama de precariedad inquietante.

Teniendo estos datos en mente y reflexionando sobre una de las catorce paradojas que sobre el periodismo y su actividad propone o detecta este profesor titular de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga, extraemos que a pesar del prestigio de la prensa y de su demostrada eficacia en cuanto a control y vigilancia del sistema democrático, su lectura es una práctica muy poco extendida en España. Ya en el año 2004, señala el profesor Gross, se vendía un periódico por cada diez ciudadanos. “Eso no explica todo sobre las debilidades del sistema, pero explica bastantes cosas”, apunta.

Teodoro León Gross, que considera estas cuestiones clave para el periodismo y para la correcta formación e información de los ciudadanos, aborda en el libro aspectos cruciales para ambos, para lectores y profesionales.  Desde la ventaja que supone “asomarse a la realidad con la información de lo que sucede, la interpretación de por qué sucede y con opiniones acreditadas”, pasando por las vinculaciones e intereses económicos de los grupos de prensa, hasta la relevancia de conocer el proceso de elaboración de las informaciones que componen las páginas de los periódicos.

Como bien señala el autor de El periodismo débil “la forma de ejercer el periodismo tiene estrecha relación con la cultura nacional”, y tampoco podemos desligarnos de la revolución tecnológica que ha trastocado el mercado a lahora de analizar todo el entramado de la prensa. Está claro que “el [periódico en] papel da síntomas de fatiga en tanto que el negocio florece en los digitales”. Pero a pesar del auge y de las posibilidades que brinda internet, en cuanto a información se refiere, visualizamos un nuevo género el infotainment o infoentretenimiento, una especie de mutación en la “identidad social del periodismo” cuyos efectos, apunta el profesor Gross,  están por ver.

En cualquier caso, los contenidos, elemento característico de la identidad de la prensa, hasta que pasan a formar parte de las páginas diarias del periódico atraviesan por diferentes fases que resulta imprescindible conocer.

Teodoro León Gross, autor de El periodismo débil.

Teodoro León Gross, autor de El periodismo débil.

 Desde la valoración del hecho o noticia en sí, a la selección de los datos, su redacción  o  su contribución no como reflejo de la realidad sino como una construcción de las muchas posibles que ofrecer finalmente al lector. Cuestiones técnicas, estilísticas o deontológicas que es imprescindible manejar con criterio.

El autor también profundiza en la manera en que las redacciones se mueven, se transforman y funcionan. Asalta igualmente la precariedad del sector y la depreciación del profesional periodista que no encuentra lo suficientemente dignificada su profesión por cuestiones económicas pero también deontológicas. No resulta nada nuevo las prácticas irregulares, la deficiente calidad de lo que hoy en día se entiende por periodismo de investigación, o la propia institucionalización de la información que, tal y como es proporcionada o pronunciada, aparece en impresión. Este último aspecto, el de la fuente única demuestra mejor que ninguna otra la debilidad del periodismo al que trastoca en ente sumiso.

Detectados los peligros, Teodoro León Gross ofrece soluciones como el más que necesario equilibrio de las fuentes, la necesidad de distinción de los géneros periodísticos (que siguen teniendo sus fuentes en los tres macrogéneros por excelencia: ensayo, opinión e interpretación), el principio de mediador entre la información y el lector que ha de estar presente en cada redactor. Así como la necesidad o el convencimiento de trabajar de forma aséptica o sin incluir injerencias en los textos a pesar de que la objetividad sea una quimera.

Para dar respuestas a la complejidad de la realidad y de la historia, dice el autor, el periodismo requiere de un sistema de implantación abierto y plural además de una deontología coherente con la cultura democrática. Porque sólo detectando las debilidades y describiendo las fortalezas de nuestro periodismo se puede demandar periodismo de calidad.