Periodismo ‘herido’ y no muerto

Dibujo de Celia Hoyos.

Hace tiempo, la periodista Julia Otero manifestó ante los micrófonos de Onda Cero que el periodismo había muerto. Aquella sentencia dejó al colectivo estupefacto, no porque fuese una declaración descarada o reactiva, tampoco porque no se le concediese crédito. La cuestión, más bien, pasaba porque desde hacía tiempo eso era exactamente lo que veníamos percibiendo algunos periodistas. Era una especie de secreto a voces, y no sólo por la revolución tecnológica o la aparente falta de interés sobre la información de los ciudadanos, ni siquiera por la irrupción del periodismo 2.0. No. La desazón colectiva tenía que ver con agentes internos.

Muchos periodistas, hartos de trabajar en medios (interesados todos y cada uno de ellos); pulidos en ruedas de prensa donde las preguntas de un tiempo a esta parte se gestionan o no se pronuncian, también barruntábamos la tragedia.

Transcurrido el tiempo e inmersos en una crisis que afecta a nuestros principales fundamentos debemos, sin embargo, abrigar esperanzas y pensar que el periodismo está herido pero no muerto.

No voy a negar las heridas que le aquejan porque a la vista está su sangre (cierres de cabeceras, recortes en redacciones, jubilaciones anticipadas, disminuciones salariales, afición por el sillón; supresión de corresponsales, investigaciones y proyectos serios; becarios perpetuos, falta de ideas, contratación de showperson; y, por supuesto, la admisión de cualquiera bajo la etiqueta de colaboración. También cuenta lo que, aparentemente, resulta menos visible: la pérdida de identidad, la inexistencia corporativa y el descrédito. Y la desgana, o las prisas sobrevenidas con las que a diario compiten cientos de compañeros). Sin embargo, no es ésta una herida tan amplia ni tan oscuro el color de su mancha como para que levantemos acta y procedamos al entierro de la profesión. Porque, si el periodismo está muerto, ¿para qué seguir ejerciendo? ¿Para qué continuar insistiendo en facultades, seminarios y encuentros sobre la necesidad de una profesión que es vigía y guía en asuntos variados, algunos de vital importancia? ¿Por qué no unirnos a propagandistas y voceros? ¿Por qué no transigir y dar el visto bueno a notas de prensa y discursos hueros? ¿Por qué insistir con artículos como éste sobre la necesidad de nuevos planteamientos?

Ciertamente, tenemos razones de peso para luchar. La buena marcha de la democracia, a la que damos y de la que recibimos pleno sentido, por ejemplo; o nuestro persistente acecho por el bien de los ciudadanos, a quienes por encima de todo nos debemos; pero sobre todo, sobre todo, por la continuidad y la calidad que debe exigírsele a un gremio tan crucial como el nuestro.

Ilustración de Celia Hoyos.

La situación actual indica que si queremos sobrevivir debemos también admitir nuestra culpabilidad. Nunca hemos sido amigos de legislación propia, de asociaciones o colegios que respalden al periodista al estilo de médicos, abogados o ingenieros. Sin embargo y a pesar de que contar con el apoyo de una ley propia puede resultar ventajoso, el problema no es tanto una cuestión formal como de compromiso firme y ético. Si queremos salvarnos debemos unir fuerzas apostando por un periodismo que examine y vigile todo lo que, a pesar del desinterés ciudadano, interesa para autogobernarnos (tenga que ver con la cultura, la política, la sanidad o las naranjas de la China y su Imperio). También para velar por nuestras condiciones. Para recobrar reputación y frenar la invasión impune de tanto pirata suelto. No podemos transigir porque tirar la toalla y continuar mamando en silencio, cual Rómulo y Remo, de esas empresas mediáticas, conglomerados para hacer dinero, es formar parte del sepelio. Estamos a merced del criterio empresarial, casi siempre alejado del periodístico en pos de la espectacularización. Sobretodo en televisión. Si continuamos cediendo y admitiendo que el periodismo es una empresa más, y respondemos sólo ante “gestores” y no ante “periodistas gestores”, contribuimos a ese periodismo por comercio. La rentabilidad y el sustento pueden converger, lo único que hace falta es tener claro la cota máxima de ese crecimiento. No todo vale para hacer dinero.

Con razón las nuevas generaciones preguntan cómo hemos llegado a esta situación de caos, de indefensión profesional, en un momento en el que cada gremio tiene perfectamente establecido el objeto de su trabajo y la forma de ejercerlo. La respuesta es que esta burbuja es el fruto de nuestra incompetencia. Por un lado resulta obvio que, en la lejana y por entonces recién inaugurada sociedad española (aquella que elaboraba con ilusión una Constitución democrática que daba un portazo a un periodo negro, aquella que por fin decía adiós a intromisiones e injerencias) ningún periodista quiso establecer fronteras. Todos tenían demasiado presente aquel Ministerio de Información y Turismo. Pero al margen de preclaros y buenas (o no tan buenas) intenciones esa inyección de libertad ha terminado por convertirnos en enfermos.

Tan enfermos estamos que perdimos de vista el concepto de profesionalidad y ahora somos incapaces de defendernos con buenos argumentos. Para parte del gran público resulta ya casi imposible distinguir qué es periodismo de lo que no. Este reduccionismo actual al que hemos llegado va a terminar por fulminarnos. Por eso, conviene recordar (y recordarnos) que nunca como hasta ahora hemos tenido tanta necesidad de buen periodismo como de dejar claro lo que no se corresponde con él.

En los años sesenta hubo tímidos intentos por establecer pautas de trabajo. En esa línea vienen trabajando Bill Kovach y Tom Rosenstiel, autores de Los elementos del periodismo, libro al que hemos dado la razón sin mover un solo dedo. Ambos demostraron que las clasificaciones son imprescindibles para la defensa de cualquier trabajo. Prueba de ello son el poder y el respeto del que gozan otros colectivos por contar con un código interno reconocido y respaldado por un verdadero Colegio Profesional, pero sobre todo respetado y en el que no entretejen tantas manos.

Ilustración de Celia Hoyos.

El otro gran debate que nos atañe es el de la objetividad que tanto daño ha hecho. Lo cierto es que con compromiso y voluntad podemos enfrentar cualquier hecho de manera objetiva, siempre que entendamos por objetividad el rigor imprescindible para evitar contaminaciones. El buen periodismo siempre ha sabido responder el cómo y el por qué de los hechos.

A falta de corpus indiscutible y teórico al que agarrarnos se transgreden principios básicos. Ahí tenemos nuestro silencio frente al auge del infoentretenimiento. También las tertulias con sus abonados ofreciendo voz por dinero. Contratados millonarios, líderes de opinión a los que seguimos, sin darnos cuenta de que para ser libres lo más propio es manejar la información que dejarnos embelesar por bonitos verbos. Echamos en falta (creo) análisis sobre asuntos útiles con los que llamar la atención del pueblo, al que tanto le afectan los asuntos que gestionan los gobiernos. Consentimos la cesión de espacio y favorecemos el espectáculo en detrimento de la cultura, los valores humanos, las ciencias y cualquier otro apartado de divulgación riguroso y no por ello aburrido ni serio. Mandan las audiencias, Belén Esteban y ‘el vociferio’. Servimos pseudoinformación que hacemos pasar por calidad y seso. Son contados los programas bien hechos, residuales los espectadores de ‘La Dos’, el canal que todos miramos pero ninguno vemos. Y cuando cansados regresamos a los hogares y pretendemos enterarnos de algo de lo que ha ocurrido nos entran ganas de salir corriendo. (‘Good news is no news’ o ‘bad news is good news’?).

Aunque pueda parecer una contradicción, el problema no es Internet ni el 2.0. El principal problema ha sido que hemos ido cediendo terreno, y con ello, además, hemos ido confundido al espectador cuya reacción está en la capacidad de atención: ésta se duplica cuando ‘gritamos más alto’. Somos bastante culpables de su acuciada falta de interés. Si queremos recuperarnos no nos queda más remedio que mancharnos las manos, buscar fórmulas alejadas de intereses, apostar por modelos nuevos. Periodismo Humano, Periodismo Cívico, de Precisión, Independiente… llámenlo como quieran que al final volvemos a lo mismo: lo que necesitamos es recuperar el periodismo. No es la primera vez que la profesión anda herida, tampoco es nueva su lucha contra usurpadores, manipuladores y agoreros. Así que, con el permiso de Julia Otero, más que anunciar la muerte del periodismo, lo que deberíamos hacer es comenzar de inmediato su reanimación. Pasar por encima de las incertidumbres que nos aquejan, taponar cualquier herida y practicar una transfusión para garantizar la larga y próspera vida que se merece esta profesión.

Publicado en la revista universitaria Alétheia-MuiP, UCM.

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