Entre la razón y el corazón


Ilustración de Fernando Vicente para la revista 'La Mancha'.

El artículo periodístico es ese texto que transita entre la ciencia y el arte. Es esa literatura urgente que empleando con belleza las que cree certeras palabras enseña el mundo, y lo subraya. Es un género propio y el lugar por excelencia donde coinciden la inflexión del autor y su reflexión. Es, en definitiva, un ejercicio de lucimiento personal, el espacio más codiciado del periódico, aquel que otorga fama y prestigio, desde el que se cargan tintas y bajo el que algunos aspiran y sientan cátedra. Todo eso y mucho más es el artículo periodístico.

Un buen artículo produce placer puro, inmediato, pero nunca es un texto desinteresado, recuerda Luis María Anson.  Tiene su origen o se desprende de la misma literatura. Hallamos en Mariano José de Larra, además de duelo, nuestro particular punto de partida. Y desde entonces viene llenando páginas. Ha cobrado tal relevancia que resta espacio a la que parecía ser tabla de salvación de la prensa impresa (el análisis y la investigación).

Expertos y articulistas debaten constantemente si en el periodismo deben delimitarse, altas y claras, las fronteras entre literatura y periodismo. El último ejemplo de la eterna riña lo encontramos hace escasas semanas (discusión y diatriba impresa y mediática entre Javier Cercas y Arcadi Espada). Sin embargo, “no existe un lenguaje propio para la ficción y otro distinto para reflejar la realidad”, nos recuerda el profesor Javier Gutiérrez Palacio a cuento de lo que dejó escrito Albert Chillón en su libro Literatura y Periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas. Lo que en cambio sí existe es la intención. Así insiste Arcadi Espada, para quien el uso y en ocasiones abuso de la literatura en el periodismo “desvirtúa, exagera y engaña al lector”.

'La Princesa del Mar'. Ilustración de Jorge Díaz.

Pero, ¿qué sería de los artículos periodísticos sin la elegancia que concede la literatura? ¿Cómo nutrirlos? Todo buen artículo debe instruir, impresionar o emocionar y, cómo no, deleitar. De ahí esa mezcolanza entre lo literario y lo periodístico. Entramos, pues, de lleno en los estilos.

En palabras de Ramón Pérez de Ayala “no hay literato que no tenga algo de periodista, ni periodista que no tenga algo de literato”. Por eso, quizás, lo más certero sea tener siempre presentes las palabras del académico Miguel Ángel Garrido: “Una cosa es que la literatura pueda ser recibida no literariamente o que otro texto no literario (por ejemplo, periodístico) pueda ser utilizado como literatura y otra que no exista diferencia entre uno y otro”. De tal modo que el periodismo y la literatura donde se unen es en los recursos retóricos que emplean para persuadir en sus discursos. Y es en el artículo de opinión donde la retórica goza de pleno sentido.

“Cualquier articulista ha de ser reconocible a los cinco renglones sin necesidad de recurrir a la firma”, aclara Manuel Alcántara para quien la clave del éxito reside en no ser pesado. “Cuando veo un mazacote enorme lo dejo para luego y luego es nunca”. Regla de oro de todo buen articulista junto con el dominio del lenguaje y esa musa amiga, fuente de inspiración.

El profesor Teodoro León Gross argumenta que el artículo “establece una conexión con las élites de la sociedad. (Los articulistas) Son los más críticos y generan la interlocución con los llamados líderes de opinión, es decir, con aquellas personas que luego van a influir en otras”. ¿Debe el articulista escribir en un medio afín? A juzgar por los ejemplos parece que sí, parece que existe un acuerdo silencioso por el cual cada articulista sabe hasta donde apretar y a quién sacudir.

Se construyen estos textos a través de la interpretación para juzgar hechos. Tratan de profundizar, con mayor o menor éxito, en acontecimientos; incluyen valoración y análisis. Pero sobre todo son el reflejo de un pensamiento particular, su principal riqueza. Una virtud que se ha de acompañar del equilibrio entre ímpetus y  razones. Es, el artículo, en definitiva, ese lugar desde el que se contempla la vida para tratar de explicarla. Debiera ser una mirada libre, que dejase las siempre molestas afinidades al margen; una mirada atenta y fija, que escrutina y que mantiene imperturbables sus escrúpulos hacia nuestra realidad. Al mismo tiempo debiera ser una mirada con aspiraciones a contar eso que denominamos ‘verdad’. O si se prefiere, debiera ser esa mirada que adopta la inflexible postura de intolerancia hacia la intriga.

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