Perversos vídeos del horror

'Suspects' del ilustrador Steve Munford, Bagdad Journal.

Nadie sabe con certeza el punto de partida, pero sí sabemos con exactitud el punto de inflexión en el que los vídeos que contienen imágenes de extrema violencia se popularizan y circulan con profusión en la Red. La guerra de Irak, iniciada en 2003 con empecinamiento estadounidense, proporcionó imágenes espeluznantes del sufrimiento humano que fueron aprovechadas hasta el paroxismo con la muerte de Saddam Hussein el 30 de diciembre de 2006. Y aunque los primeros vídeos violentos conocidos pertenecen a la guerra de Chechenia (apenas estrenado el siglo XXI) son las imágenes de Irak, jaleadas por el potencial informático, las que definitivamente marcan el inicio de la difusión de vídeos macabros como alternativa diabólica de diversión.

Ya fueran civiles, soldados o jefes de gobierno salvajemente ejecutados, las imágenes capturadas en aquella guerra (con sus protagonistas y trágicos finales) circularon con asombroso éxito en Internet. Fueron mil veces visionadas y otras tantas enviadas y comentadas; los medios de comunicación también formaron parte de aquel juego demostrando su particular giro hacia la truculenta espectacularización del mensaje informativo como plus con el que ganar audiencias. Sin demasiada o nula reflexión, los medios ofrecieron algunos de esos vídeos e imágenes (advirtiendo con hipocresía de su dureza a las audiencias) sin formularse si era ético o necesario mostrar los detalles dantescos.

Desde entonces, la tendencia a incluir violencia en algunos espacios informativos ha progresado sin que se cuestione si ésta es una parte sustancial de la información, con el peligro añadido de generar espectadores pasivos acostumbrados a la tragedia y el dolor. Una conducta que no atiende al interés del público, sólo adorna truculentamente la información en el peor de sus sentidos. De las persecuciones policiales, arrestos y accidentes o catástrofes espectaculares hemos pasado (aunque en contadas pero no menores ocasiones) a la difusión de imágenes estilo gore que se defienden apelando a la libertad de información  desdibujando lo que de facto es una transgresión ética en contra de los derechos humanos.

Lo que sí conocemos con mayor concreción sobre estos escalofriantes vídeos que circulan con absoluta libertad por Internet son sus antecedentes. Es en las películas snuff, donde se aloja el principal germen que fue investigado por primera vez en 1975 por el sargento de policía de Nueva York Joseph Horman. Aquellas snuff movies mostraban imágenes auténticas de malos tratos y asesinatos, y periódicos como el New York Post y el Daily News, vieron entonces las posibilidades de lo que podría ser un filón informativo; sin embargo, a pesar de investigaciones y esfuerzos las snuff movies no pasaron del rumor.

'Hardcore' de Paul Schrader (1979). Imagen http://www.florencio.posterous.com.

Aquel revuelo fue aprovechado por la industria cinematográfica con visos comerciales. El film realizado por Paul Schrader en 1979 titulado Hardcore aborda de forma explícita el tema de las películas snuff y marca el inicio del género que adoptará su nombre. La producción en vídeo (barato, fácil y ligero) llega en 1982 con Videodrome de David Cronenberg. Algo más tarde, con la revolución digital y la popularización de las nuevas tecnologías, es posible encontrar en la web abundantes versiones caseras pero reales de las más variopintas atrocidades. El hecho de que el séptimo arte no haya dado por agotado el tema (ahí quedan películas como la española Tesis de 1996 dirigida por Alejandro Amenábar, o la norteamericana Asesinato en ocho milímetros de 1999 y dirigida por Joel Schumacher) han acercado la cuestión a las generaciones posteriores dilatando el rumor y ofreciendo las bases para un género que se extiende.

En el caso de los vídeos del horror-reality en la red, sean para reivindicar, amedrentar o manipular al enemigo en guerras o conflictos políticos abiertos, se han ido añadido otros muchos que incluyen agresiones y humillaciones de todo tipo; grabados con móviles de última generación o cámaras ligeras, sus atrocidades se exhiben mediante terribles escenas originadas en entornos más civilizados como ciudades y localidades de sociedades desarrolladas.

Sin diferenciar malévolos géneros, encontramos que una búsqueda superficial con las claves “vídeos violentos” en Google muestra 2.220.000 entradas. Un rastreo algo más preciso bajo los términos “vídeos degollación personas” ofrece 518.000 entradas en el mismo buscador. También es posible dar con foros en Internet sobre decapitaciones, asesinatos, violaciones… en los que se han registrado cerca de 10.000 lectores. A la gravísima evidencia del fenómeno se añaden la falta de control sobre la web y la imposibilidad e ilegalidad que el rastreo de datos supone. La ausencia de legislación precisa, uniforme y estándar para todos los países hace que sean los sitios donde se alojan estos vídeos los que asuman la responsabilidad. Una tarea que ejercen con parsimonia, bien por exceso de trabajo bien por dejadez. También la ausencia de protestas sólidas ha de tenerse en cuenta (acaso sea el síntoma de una ya instalada “sociedad de la indiferencia”) dado que no contribuye a erradicar del circuito público digital el escabroso espectáculo y su patológica conducta.

El pavor que despierta comprobar las cifras de visionado de estos vídeos “hiperduros” sólo puede traducirse en el auge de unos seres humanos para los que el dolor y el sufrimiento ajeno les deja indiferentes; unos seres sin conciencia ni moral; en definitiva, personalidades perversas y heterogéneas que consideran la muerte y el sufrimiento parte de un espectáculo. En una siniestra diversión que ha degenerado en fans convencidos que comentan “socarronamente” lo que ven.

La muerte como espectáculo está publicado por Tusquets.

Esta inquietante modalidad de horror-espectáculo centra el oportuno ensayo La muerte como espectáculo de la filósofa Michela Marzano (Roma, 1970). En el texto, aparecido a principios de este año, la autora reflexiona, busca y arroja abundante luz sobre tan terroríficos vouyuers.

De su investigación se extrae que los que consumen estas imágenes son en su mayoría jóvenes adolescentes que encuentran un lado divertido en el sufrimiento. Las conclusiones de Marzano resultan tanto o más inquietantes que el objeto admirado, y es que estos “espectadores del horror”, que se mofan del dolor y la agonía, se fijan incluso en detalles como la complexión de las víctimas, sus expresiones en el transcurso de la tortura o la caída de sus cuerpos sin vida. Incluso aconsejan y opinan sobre si las imágenes y sus protagonistas resultan convincentes o no. También valoran lo que consideran aciertos y errores a la hora de matar. La autora demuestra que ese gore-realidad es examinado bajo el punto de vista del espectáculo aún siendo real.

Esta modalidad ha dado lugar a un género propio: el denominado happy slapping, protagonizados y creados en su mayoría por jóvenes de diferentes edades y con variados grados de dureza. La  traducción más acertada para los vídeos happy slapping es la de “bofetadas felices”. La propia y en apariencia inofensiva expresión pretende justificar y banalizar la verdadera relevancia del suceso que enseña bajo claves de “algo divertido”.

Esa forma insensible de observar la vida conlleva el peligro de transformar  y deshumanizar al cuanto menos sórdido espectador que, sin tener que llegar al extremo de reproducir las escenas en primera persona y con la literalidad de lo más violento, genera personalidades insensibles al dolor ajeno cosificando así la vida y el sufrimiento.

El breve pero intenso diálogo que mantiene Michela Marzano en este ensayo incluye algunos ejemplos como el siguiente: “En junio de 2005, en un barrio de Leeds, Inglaterra, una adolescente fue asesinada por varios disparos de rifle; su muerte se filmó y se difundió por Internet. En la actualidad, se han descubierto más de doscientos casos de ‘happy slapping’ en Inglaterra, que van de la simple bofetada y la paliza ‘recreativa’ a la violación y el asesinato”.

Afortunadamente, el porcentaje de personas que se deleitan con este perverso espectáculo es todavía menor, afirma la autora, en proporción con el grueso de la humanidad. Pero, ¿cómo calcularlo fehacientemente? El consumo de estos vídeos se realiza a través de pantallas, se ejecuta en la intimidad y no se puede afirmar con exactitud si cada click de ratón se corresponde con un solo ordenador, o si por el contrario es el mismo usuario el que disfruta varias veces con la perversión.

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