Cabeza, ojo y corazón. La fotografía según Henri Cartier-Bresson

Hyères, Francia, 1932. Fotografía Henri Cartier-Bresson.

Contener la respiración al tomar una fotografía no denota falta de pericia.  Es un gesto involuntario y sincero, que brota del respeto y el poder experimentado ante la posibilidad de detener el tiempo; y ambas sensaciones han hecho (y hacen) temblar a miles de fotógrafos en todo el mundo.

Esa incertidumbre es parte del enigma que encierra la capturara de gentes y espacios. Una sensación que conocía muy bien Henri Cartier-Bresson, quien definía el mágico instante del disparo como el momento en el que el fotógrafo, creyéndose dominar la escena que vislumbra, encuentra sentido a lo que hace proporcionándole “un gran placer físico e intelectual”.

Calle Mouffetard, París, 1954. Fotografía Henri Cartier-Bresson.

Con gran acierto Cartier-Bresson afirmó que la fotografía no ha cambiado salvo en sus aspectos técnicos, y es que su principal valor continua ligado a cuestiones psicológicas y sociológicas que de por sí comporta el hecho de fotografiar, y a las posibilidades de poder regresar a la escena inmortalizada y observarla pasado un tiempo.

Bajo esa premisa Cartier-Bresson realizaba su trabajo. Ligero de equipaje buscó por el mundo lo que muchos críticos han calificado como “fotografía eterna”.  El fotógrafo con formación de pintor empleó su cámara, su sempiterna Leica  (prolongación del ojo), como un cuaderno de dibujos en el que los esbozos respondían por igual a la intuición y la espontaneidad. Se sirvió de la fotografía porque con ella detectaba el detalle, la precisión: “De todos los medios de expresión, la fotografía es el único que fija el instante preciso”.

Así son sus fotografías: universos llenos de soñadores, de momentos, lugares y circunstancias condensadas por la vida. Una constante captura de personajes desarmados con la que elevó la categoría del reportaje.

Siempre viajando, conteniendo la respiración. Desarrollando un trabajo rebosante de calidad y vigor. Una nueva versión para contar historias que inauguró una brillante era de reporterismo del que Magnun Photos, cooperativa que promovió y en la que participó, suposo su principal valedor.

Sobre esa particular forma de mirar a su alrededor, Henri Cartier-Bresson dejó dicho: “El reportaje es una operación progresiva de la mente, del ojo y del corazón para expresar un problema. […] A veces se tarda segundos y otras días o meses”. No hay recetas salvo “estar preparado como en el tenis”.

El pintor Marc Chagall. Fotografía Henri Cartier-Bresson.

En su manera de trabajar destacaba la habilidad para descubrir un peculiar leit-motiv que hiciera de cualquier singular escena una profunda realidad digna de ser presentada al público. Para él la fotografía debía verse de una vez, como un cuadro; y su composición era la coalición simultánea de intuición y fragilidad (del instante) materializada a través de la armonía del fondo y la forma. Un proceso agónico en el que “la angustia del fotógrafo termina cuando hojea la revista y descubre el resultado” de haber estado atento a la vida, porque dar sentido al mundo requiere “sentirse implicado en lo que se enmarca a través del visor, […] una actitud que requiere concentración, disciplina mental, sensibilidad y un sentido de la geometría”.

A lo largo del siglo XX Henri Cartier-Bresson fotografió a eminentes personalidades, coetáneos a los que gracias a ese “cabeza, ojo y corazón” pudimos redescubrir bajo diferentes matices. Joan Miró, Paul Claudel, Jean-Paul Sartre, John Huston, Roberto Rossellini, Alberto Giacometti, Marcel Duchamp, Marc Chagall, Edith Piaf, Martin Luther King, Marilyn Monroe, Francis Bacon, Pierre Bonnard, Samuel Beckett… una lista interminable de grandes que culmina con miles de imágenes protagonizadas por personajes anónimos y singulares que este gran maestro fue encontrando a su paso y que sólo su genialidad supo descubrir.

Dirección de la Fundación Henri Cartier-Bresson: http://www.henricartierbresson.org/

Anuncios