La ética periodística no es circunstancial

La periodista Janet Malcolm.

La periodista Janet Malcolm.

No cabe duda de que la principal (si no la única) tarea del periodista es la de recabar información con la que más tarde elaborar una redacción periodística en función del género escogido. Es una tarea que ha de realizarse con esmero, pero sobre todo con honradez, más aún cuando de entrevistas se trata. Quienes piensen que afrontar un cara a cara es fácil, es que no han realizado muchos; porque cada personaje es único, y porque la relación que se establece entre el periodista y el sujeto requiere distanciamiento, prudente y moral, para evitar distorsiones en el resultado.

El periodista necesitará acercarse al protagonista (o los protagonistas) de la noticia para investigar, para arañar la superficie y tratar de esclarecer la verdad. En eso consiste su trabajo. Querrá que confíen en él, y tendrá que hacer creer que tratará sus informaciones con benevolencia, con la benevolencia que reclaman y que creen merecer todos los entrevistados (independientemente de su actuación). Pero esto no es cierto, todos sabemos que unos datos colisionarán con otros, y unos entrevistados quedarán mejor que otros en función de su papel. El periodista tendrá que sacrificar al sujeto a causa de las necesidades de su texto, y debido al espejismo de la objetividad.

Este interesante debate moral es el que muestra la escritora y periodista Janet Malcolm en su libro El periodista y el asesino. A través de un caso real, en el que un asesino demanda al escritor encargado de su biografía al hilo del terrible suceso por el que está en prisión, Janet Malcolm describe la relación que se establece entre ambos personajes. El escritor será acusado de engañar a su fuente que considera que el resultado de las múltiples entrevistas que mantienen hasta la publicación del libro no se corresponde con la realidad.

Janet Malcolm ahonda en una cuestión clave y frecuente en el ejercicio del periodismo: la ética que mueve los hilos para la obtención de la verdad.

Portada del libro El periodista y el asesino, de Janet Malcolm. Editorial Gedisa, 2004.

Portada del libro El periodista y el asesino, de Janet Malcolm. Editorial Gedisa, 2004.

¿Es lícito hacer creer al entrevistado que se comparten puntos de vista con el objeto de recabar más información? ¿Debe el periodista advertir a su entrevistado del riesgo (informativo) que supone su declaración? ¿Puede adornar, para bien o para mal, su redacción?

Un periodista cuando ejerce su profesión no puede ser amigo de su personaje, de su entrevistado. El periodista –defiende la autora- debe trabajar en un estado de anarquía total, en el sentido de no deber nada, de no engatusar a nadie y de no perder nunca su principal objetivo: informar. Porque al contario que un escritor de ficción que construye la realidad a su antojo, el periodista se enfrenta a una realidad hecha, con personajes cuya esencia tendrá que transcribir, y –el detalle es importante- que tienen su réplica en la vida real.

El periodista y el asesino es una lectura interesante y ágil, pero sobre todo es una obra muy recomendable por su carácter intemporal para cualquier periodista o aspirante a serlo. El periodismo requiere esfuerzo, y, en ocasiones, se corre el riesgo de querer atajar en la carrera hacia la información. “La idea de un periodista que invente, en lugar de informar, es repugnante y hasta siniestra”, dice esta profesional que tiene a sus espaldas una experiencia, si no igual, bastante coincidente con el eje del relato, circunstancia que contribuye y amplia las perspectivas de la narración. De ahí que este libro, en el que se demuestra que el informador debe moverse conforme a unos valores éticos, resulte tan revelador.

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