La caída libre de los periódicos (y de la información democrática)

Imagen extraída del reportaje de Paul Starr para la revista digital Letras Libres. Julio 2009.

Imagen extraída del reportaje de Paul Starr para la revista digital Letras Libres. Julio 2009.

La revista Letras Libres, en su versión digital, publicó en el mes de julio un interesante trabajo de Paul Starr titulado Adiós a la era de los periódicos (Bienvenida un nueva era de corrupción). El reportaje, cuyo título de entrada invitaba a profundizarlo, más aún cuando se vive de la profesión, es de carácter analítico y en él se presta atención al tema de moda que ronda en todas las redacciones: los desafíos de Internet y cómo estos afectarán a la prensa. Pero además Paul Starr recapacita sobre la vida democrática que seguirá a la (¿supuesta?, ¿cierta?, ¿inevitable?) extinción de la prensa tradicional cuyos estragos nos van llegando día a día. Y lo hace con razón porque no podemos dejar de recordarnos que la principal función con la que nacieron los periódicos fue la de vigilancia, una vigilancia frente a los que ejercen el poder. En la actualidad, en nuestra era, bien sabemos que los periódicos, y en general cualquier medio de comunicación, responden por encima de todo a intereses mercantiles y empresariales.

Pero puestos los pies en la Tierra en cuanto a objetivos empresariales se refiere, lo realmente interesante del reportaje es que, más allá de desafíos tecnológicos y de Internet, la principal pérdida será, junto con la desaparición de la prensa tradicional que de por sí se me representa bastante dolorosa, su función: los ojos que ésta nos presta frente al Estado. Es decir, perderemos el que hasta ahora ha sido el sistema social, clásico y cívico, de alarma. Starr reconoce que este sistema se ha mostrado con frecuencia ineficaz pero aún imperfecto el sistema nos mantenía alerta. Y si bien esta finalidad no es la buscada por las empresas mediáticas resulta crucial para la salud de la democracia.

Antes de que la debacle económica irrumpiera en nuestras vidas, la prensa ya andaba tocada y bien tocada por el intrusismo y el potencial que brinda Internet y que mayoritariamente todos damos por bienvenido.

Con cada generación se pierden lectores que adquieren otros hábitos de información o que los pierden, definitivamente. Esto supone para las empresas mediáticas la consecuencia natural de pérdida de ingresos por publicidad, lo que a su vez lleva a la reducción de páginas publicadas y de redactores en plantilla. Una auténtica caída libre en el mercado en el que presenciamos numerosos cierres de periódicos centenarios (al menos en el mercado estadounidense), recortes de plantillas, y transformaciones que permanecen a la espera de éxito y afianzamiento.

Así que de entrada y tras la lectura de este recomendable reportaje, atisbo dos problemas directamente relacionados con el mercado, uno con el papel de los ciudadanos y su implicación en el proceso informativo, y un cuarto, algo más complejo, relacionado con la calidad y esencia de la propia profesión, y que son, en ese mismo orden: 1) la pérdida de lectores (¿de interés por la información?); 2) la búsqueda del tan ansiado modelo digital rentable; 3) el desembolso del ciudadano para acceder a la información en Internet; y, 4) la legitimidad de la información así como las dificultades que presenta la pérdida de los valores (principal sustento) de la profesión, del profesional y de la forma de hacer su trabajo –abnegados como estamos a permanecer en el puesto, en lugar de salir a la calle en busca de la información-.

Queda claro que ante un panorama informativo en el que no existan periódicos en papel (en los que se profundiza, analiza y explica, también se opina), en el que la información fluya a través de bites que precisen de conexión y altas telefónicas, y que además precise de otro tiempo o espacio, distinto del habitual para su lectura, mantener un correcto y personal nivel informativo será difícil de alcanzar. Se puede objetar que la información en pantalla no es nueva. Desde luego que no. Tenemos el ejemplo, antiguo y de sobra conocido, de la información televisiva, pero de ella sabemos –al menos los que nos dedicamos al periodismo- que resulta imposible condensar en los informativos y en piezas de un minuto o minuto y medio, toda la información sobre una noticia o acontecimiento. Se precisarían, de hecho es así como ocurre, espacios especiales o temáticos de mayor duración.

Si exigimos más esfuerzos a los ciudadanos tras la jornada laboral, si estos disponen en casa de equipos informáticos adecuados, de acceso a infinidad de contenidos, muchos de ellos de alta calidad y especializados (en los que se incluye el ocio, al que seguro querrán entregarse tras ocho horas o más de fatigoso esfuerzo frente al ordenador del trabajo), ¿estamos seguros de que conectarán con las noticias o las informaciones al uso tradicional como las conocemos hoy? Sabemos que mantenerse informado cuesta esfuerzo, conlleva dedicación, y el mundo laboral, las sociedades actuales tal y como están concebidas no dejan mucho tiempo libre.

L. Gordon Crovitz. Fotografía Associated Press. Imagen seleccionada del original.

L. Gordon Crovitz. Fotografía de Associated Press para el suplemento Negocios (El País).

Pero hay más. Porque respecto al futuro éxito y hallazgo de modelos rentables en Internet, el domingo nueve de agosto en el suplemento Negocios de El País, L. Gordon Crovitz, editor y vicepresidente de Dow Jones, empresa propietaria del diario financiero The Wall Street Journal, afirmaba que el acceso libre al contenido en Internet no funciona y que el futuro pasa por el pago. Además de tiempo extra para informarse el ciudadano medio deberá pagar por el acceso a determinados contenidos, y puestos a elegir y a realizar el gasto, mucho me temo que ganan por encima de la información–salvo casos y episodios excepcionales- el ocio y la diversión. Por otro lado no parece muy justo que los únicos ingresos del servicio y disponibilidad de Internet recaiga exclusivamente en manos de las empresas que proporcionan el alta del servicio, máxime cuando lo que hace realmente poderosa a la red son los contenidos, del que vivimos los periodistas.

El futuro del modelo se representa complicado más aún cuando nuestro mercado es tan endiabladamente diferente al norteamericano: aquí no estamos acostumbrados a pagar por muchos servicios que en otros países son de claro pago (aseos públicos y privados -que como tal se conciben los aseos en los bares, restaurantes y cafeterías de múltiples países-, propinas pre-establecidas con porcentajes sobre las consumiciones, sanidad, determinado ocio, cultura, museos y templos históricos, bibliotecas…).

Sobre el modelo de negocio en Internet, L. Gordon Crovitz, que ha creado la empresa Journalism Online para facilitar la transformación de los periódicos en medios digitales, apunta a que “[los periódicos] intenten transformar un porcentaje pequeño de sus lectores más activos y comprometidos, un 10% en la mayoría de los casos, en suscriptores de pago. Este grupo de fieles valorará el acceso completo a los contenidos lo suficiente como para pagar una cantidad modesta por él. El 90% restante seguirá teniendo acceso gratuito a parte de los contenidos”. Y aquí tenemos otro crucial problema más, al menos desde el punto de vista de acceso a la información en sistemas democráticos: ¿no genera este futuro sistema de pago ciudadanos informados de primera y segunda división? Al ciudadano medio le falta tiempo y casi siempre anda mal de dinero, con lo que quienes podrán informarse adecuadamente serán ciudadanos que contarán con información privilegiada.

Finalmente, y he aquí la vitalísima cuestión que apunta Paul Starr en el digital Letras Libres: ¿qué modelos existirán para preservar las funciones públicas genuinamente vitales que la prensa tradicionalmente ha realizado?

Internet ha socavado el papel del periódico como intermediario, y está claro que la panacea de prosperidad prometida no ha llegado, económicamente hablando, pero mientras la empresa mediática mantenga una visión de servicio público, que desde luego no pasa por el pago adicional de unas informaciones sobre otras, la prensa ya sea en Internet o en papel contribuirá al mantenimiento del sistema democrático.

La forma y recursos necesarios para la cobertura de las informaciones y la primacía de la espectacularidad por encima de cualquier otra característica a la hora de componer informaciones son otras de las cuestiones que afectan al papel de la prensa en la actualidad y que analiza este reportaje. Ambas cuestiones también se están viendo transformadas por lo que Starr confirma lo que muchos de nosotros sentimos o percibimos cuando elaboramos informaciones para otros: “que nuestras nuevas tecnologías no nos despojan –a ninguno, ya seamos empresario o trabajador- de nuestras viejas responsabilidades”.

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