Internet, confusión y cultura (II)

La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo. 1563.

La Torre de Babel, pintura al óleo sobre lienzo de Pieter Brueghel el Viejo. 1563.

Con todo hay que decir que internet y sus posibilidades han favorecido, sin duda alguna, la comunicación. En verdad ha conseguido conectar el mundo. Constituye así algo parecido al mito persiguido por los constructores de la Torre de Babel y su deseo de alcanzar el cielo solo que en el caso que nos ocupa el objetivo a cumplir sería rozar el techo de la información. Sin embargo, también ha provocado, o influenciado, o precipitado, que en el proceso creativo y cultural (con todas sus funciones y variantes) se haya perdido valor. Un valor que ya venía escaseando. Porque internet y las nuevas tecnologías son culpables sólo en parte. Los otros culpables pueden hallarse entre los sistemas educativos, la precariedad laboral, los ínfimos salarios, las prisas, la falta de motivación, la pérdida de valores humanos y el fomento de los materiales, el incremento de la diversión audiovisual como único factor de satisfacción cultural y de ocio, o la huida de cualquier esfuerzo en una sociedad donde prima la inmediatez en detrimento de la calidad. También es culpable la necedad española que continuamente infravalora el esfuerzo ajeno.

Sin embargo, lo que de verdad da miedo es el imaginario al que se presta todo lo que aparece en la red. La información en internet adquiere un perfil de noticia gaseosa y propensa al olvido. Las noticias entran y salen de nuestras cabezas con mayor facilidad. Aquellas que están  avaladas por medios de comunicación, que elaboran profesionales acreditados así como las informaciones que provienen de portales de reconocido prestigio, que se nutren de firmas solventes, merecen respeto y proporcionan fiabilidad. Nunca como hoy resultan el nombre o la marca sinónimos de verdad, de verdad con todos sus matices o apreciaciones en cuento a intereses y propietarios, en cuanto a ideologías y economía. Pero con todo, a mí, las informaciones que aparecen en internet me dejan una sensación insustancial, como de ficción, de irrealidad pixelada, y es entonces cuando echo de menos el tacto del papel. Todo lo que se lee en internet se presta a caer en el olvido por la sencilla razón de que su localización es tan ágil que no merece esfuerzos ni atención. Con tan sólo un click se nos remiten mil enlaces que (enMente volatil apariencia) cumplen los parámetros de lo buscado. Tras la elección, una rápida ojeada, una lectura veloz, proporcionan la falsa sensación de estar informado. Decía Ignacio Ramonet en su libro La tiranía de la comunicación que la sobreinformación no significa buena información, y que “la información es la descripción precisa (y verificada) de un hecho, un acontecimiento, y un parámetro contextual que permita al lector comprender su significado profundo”, esta es la principal misión de los periódicos. Y creo que será su principal baza de supervivencia.

Este periodista mantiene que existe la creencia de que uno puede informarse solo. Sobre todo desde la hegemonía televisiva a la que, ahora, hay que sumar internet. Ramonet lo llama “la idea de autoinformación”, a la que estamos abriendo camino, y que resulta peligrosa porque no se comprende viendo, sino que se comprende mediante la razón. Con el sudor de la lectura. Para comprender hace falta invertir tiempo, ese bien tan escaso que se nos va recortando. Al menos se necesita más tiempo del que dura el telediario o del que nos lleva leer titulares o destacados en la web. Tanto la imagen como los contenidos de internet son fugaces porque raras son las ocasiones en que los televidentes o internautas profundizan en lo que ven. Y no lo hacen porque hay un reloj imaginario que empuja hacia delante e incita a no mirar atrás.

Hace unos meses nos visitó el escritor Umberto Eco con motivo de la entrega de la Medalla de Oro que le concedió el Círculo de Bellas Artes de Madrid; el escritor, que tan crítico se muestra con el empecinamiento sobre el fin del libro convencional, además de presentar su último trabajo No esperéis libraros de los libros, reconocía al periodista Miguel Ángel Villena de El País que “si tuviera que dejar un mensaje de Torre de librosfuturo para la Humanidad, lo haría en un libro en papel y no en un disquete electrónico”. Eco dejaba claro que la vulnerabilidad de la informática y de las nuevas tecnologías se encuentra en su afán de innovación y renovación, que hacen que se multipliquen los soportes a la misma velocidad con que caducan. No digo que internet no me guste o no sea beneficioso, al contrario, creo que es la herramienta perfecta, sobre todo para el periodismo, y además supone un gran altavoz (ahí tenemos los casos de China, Irán, Cuba, Iraq y otros tantos más). Es el complemento perfecto para la información. Internet nos ha dado alas y es imparable. Pero precisamente por eso hemos de extremar cuidados y permanecer alertas. Desconfiemos de todo lo que se nos muestra porque sólo así, dudando y contrastando averiguaremos cual es la verdad de lo que se nos cuenta. Únicamente así evitaremos caer en el sonambulismo informativo al que se refería la semana pasada Maruja Torres: esa espiral contagiosa a la se someten, voluntariamente, los medios de comunicación con la que terminan pareciéndose tanto, sobre todo la televisión.

Reconozco que paso horas frente al ordenador, pero la tecnología no me ha influenciado tanto como para olvidar o cambiar costumbres. Creo que la compatibilidad entre digital y papel es posible, cuando no necesaria. Reconozco que continúo esclava de la tradicional forma de leer prensa, y también necesito tener un libro cerca, y me gusta anotar en libretas mis ideas o las declaraciones ajenas. Y tengo muy buena relación con mis diccionarios. No quiero parecer apocalíptica, y menos aún informaniática o digitalofóbica. Pero no veo absurdos estos miedos. Hoy que tanto se habla de las bondades de la red, debemos reconocer que buscar en ella supone toparse con datos, opiniones e informaciones cuyos autores y sus fuentes, por no hablar de sus intereses, no se muestran claros. Son informaciones que nacen bajo anonimato y que cuentan con la impunidad de no tener que responder de lo escrito. Ahora me viene a la mente la locuacidad del desaparecido Umbral al sentenciar que tras varias experiencias vagando en textos de anonimato decidió “escribir de firme y con firma”.

No saber quién habla desconcierta, y contrariamente a lo defendido por las nuevas generaciones, tan habituadas a internet, no creo que todoDiscursos esté en la red, ni mucho menos que todo lo que está es correcto. Esta afirmación que mantiene la inmensa mayoría de forma empecinada no sé si se debe a una verídica insuficiencia intelectual, o al desconocimiento del manejo de herramientas básicas, o a la falta de ganas y auténtico interés, o porque les apremia la inmediatez tanto que evaden el esfuerzo, o porque no han aprendido porque no se lo han sabido enseñar, que las letras y su construcción cuestan.

Que difusión y consumo cultural al estilo tradicional, tal y como los hemos conocido hasta la irrupción de internet, están cambiado, es algo tan obvio como que sin profesores no hay escuela. Que los precios de esa cultura, que por cierto es universal o debiera serlo, son elevados, también. Y que los sueldos escasos, no digamos. Pero todo ello no obsta para que nos apropiemos salvajemente y sin tasas de los trabajos ajenos. Continuar en esta espiral de sustracciones culturales implica su automático deprecio. Estas son las auténticas bestias negras del momento. Un momento que si continúa fuera de control terminará por frustar cualquier intento de creación digna. Este es uno de los males a los que tendermos que enfrentarnos. Pero también habrá de considerar la realidad de la información que aparece en pantalla, su reputación o solvencia. Porque no responsabilizarse de lo que uno escribe es cobarde. Al igual que apropiarse de las palabras que ya tienen dueño. Pretender aprender sin coste físico y económico es propio de personalidades fatuas. Lo que no cuesta (en todos sus sentidos) no goza de reconocimiento. De tal modo, que la opinión de Maruja Torres sobre que en estos tiempos no hay gran cosa de la que alimentarse, desde el punto de vista moral y ético, va a traspasarse para plantar en la cultura si acaso no esté germinando ya.

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