Internet, confusión y cultura (I)

InternetInternet y su lectura parecen una ilusión. Con un ligero movimiento en el ratón abrimos, leemos, ordenamos y cerramos informaciones. Las letras, imágenes y sonidos son capaces de desvanecerse para reaparecer minutos más tarde con tan sólo una llamada. Conectamos el ordenador y al instante disponemos de un gran almacén de datos, de  informaciones y distracción. Páginas y páginas llenas de contenidos, pertenecientes a medios de comunicación, o no; páginas de ciudadanos con opinión; portales culturales ocupados en la divulgación; páginas de música, de cine, de juegos, de ocio… Un sinfín intangible de servicios listos para consumir. Pero la infinidad de contenidos puede colapsar hasta el más experto y pertinaz lector. Entonces, internet se presenta como una rémora de datos que resultan francamente inabarcables. Esa cascada de contenidos que se abre ante nosotros puede provocar lo que el profesor Alfons Cornella define como “infoxicación”: sobresaturacióEstres de internetn de informaciones que generan angustia en el usuario, incapaz de gestionarla.

Pero así es justamente como debiera ser la cultura en cuanto a asimilación se refiere: abundante. E internet, ciertamente, favorece y propaga la cultura. Una cultura incorpórea, liviana y libre; a estas alturas todos sabemos que sólo así permanece a salvo, sólo así nos pertenece y está libre de secuestros. Dice Agustín García Calvo que la escritura siempre ha tenido dueño porque vale mucho, vale tanto que siempre se ha querido controlar. La escritura nos proporciona conocimiento. Es cultura que al ser leída obra descubrimientos. De ahí su radical importancia.

Ocurre exactamente igual con la información, que debe ser mucha y estar disponible. La información nos proporciona criterio además de ampliar nuestro mundo. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, dejó escrito Ludwig Wittgenstein. En verdad el lenguaje y sus formas nos dotan de la suficiente capacidad de reacción ante las decisiones de los que gobiernan o gestionan en nombre del pueblo. Es claro que la información debe ser inmune a censuras o controles, que debe estar al servicio de los ciudadanos y que debe considerarse un bien único, un auténtico patrimonio común.

No es que la información, a día de hoy, sea inaccesible o escasa, no al menos para los que vivimos en países privilegiados con ordenadores, módems e internet. Incluso en estos países, entre los que se cuenta por supuesto España, la información, la buena y la mala (la que contamina) se encuentran a mansalva, sobre todo en la red. Internet resulta a partes iguales foco de iluminaciones y bosque de confusión, de desorden y desconcierto. Pero seguimos pecando de la misma información, silenciando sucesos por no resultar trascendentales para nuestro mundo de orden capitular. Algo que sabemos muy bien los profesionales de la comunicación y los periodistas que a menudo nos sorprendemos ante el silencio de determinados hechos. Pero también ante la vulnerabilidad de los lectores a los que les cuesta discernir de entre las informaciones aquellas que responden al canon de nuestra profesión: que la información de calidad sólo puede ser solvente, veraz, contrastada.

Incluso entre los propios diarios se produce, aunque es la excepción, algunas confusiones algo bochornosas y de las que más tarde tienen que rendir cuentas (como esta misma semana ha ocupado a Milagros Pérez Oliva, la defensora del lector en El País).

La confusión, el caos y el desorden son los que deben preocupar. Todas las demás bondades de la web, que son muchas, como es lógico no merecen preocupación sino que debemos asaltarlas a fondo.

Digo que debe preocupar ese desorden y ese caos, y lo debe hacer todavía más cuando en el ámbito universitario un profesor es capaz de sugerir la búsqueda de apuntes a través de Wikipedia, o cuando los propios alumnos cortan y pegan (¡como si nada!, sin una pizca de pudor, sin necesidad de recapacitar sobre lo que significa amor propio o capacidad de reflexión, de elaboración de discurso propio) textos de los que no son dueños para componer trabajos. O cuando estos mismos alumnos se enajenan porque deben tomar apuntes cuando el profesor o profesora, si quisiese, podría enviárselos cómodamente por mail. ¡Ah, qué dura vida la del estudiante!

Estos ejemplos, que son verídicos, pueden acompañarse todavía de ofensas intelectuales mayores como el hecho de que en su mayoría losFotocopiadora estudiantes son incapaces de gastar euros en libros (todo se basa en la fotocopia o “me lo bajo”) o de adquirir un periódico, incluidos los propios alumnos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid a quienes la profesión escogida debería proporcionarles el empuje suficiente como para decidir gastar poco más de un euro en unas cuantas páginas. Alumnos que me han llegado a preguntar dónde he conseguido el periódico, a lo que respondo entre asombro y enfado: en un lugar llamado quiosco. En cambio, mira por dónde, sí hacen botellón. Ya sabemos que en España, entre cultura y fiesta, gana sobrada la fiesta. En verdad lo que este tipo de comportamiento evidencia y ratifica es que todo es cuestión de prioridades, se gasta en lo que gusta. Y si no se compran tantos libros y si no se venden discos es porque no los respetamos aunque finjamos hacerlo: el dinero no es excusa porque al adquirir un producto intelectual se adquier parte del artista, o del escritor, por poner unos ejemplos. Al comprar un libro, un disco, una pintura, etc., lo que se demuestra es respeto y admiración. Se dota a la obra de valor, se premia el esfuerzo. A pesar de esto he de confesar que tampoco encuentro justificación a cánones o precios,  aspectos a debatir y concretar dado que los consumidores de cultura queremos una solución.

Éste que pinto es un perfil generacional ciertamente desalentador, algo común, pero por suerte todavía no totalitario. Sin embargo, resulta triste porque a la universidad se tiene que ir con ganas de aprender y no sólo para obtener título. Que los estudiantes, y el país en general, no estén dispuestos a invertir en cultura, afea. Y no es que no les interese, no. Yo creo que les interesa pero les falta dotar esa curiosidad de valor. Les falta comprender el alcance de su coste. Algo en lo que también incurren los veteranos, es decir, los que no son tan jóvenes.

El ladrón de letras. CulturaEn realidad, ocurre lo que tan bien explicó Elvira Lindo allá por el mes de abril en El País, que España siempre ha tenido una relación complicada con la cultura. Existe la creencia generalizada de que los directores, los guionistas y también los escritores son “unos chorizos”, escribía. Y añadía que “se digiere mejor que los futbolistas ganen cantidades extravagantes o que las ganen las estrellas de la tele, los arquitectos estrella, los cocineros michelín o los diseñadores de moda. [..] En nuestro país se ve natural que un zopenco se lo lleve crudo”. En cambio, no ocurre lo mismo cuando el dineral va a parar a manos de un intelectual, un artista o creador, y si no se acuérdense de la cúpula y Barceló –y no me refiero a lo coreado por la procedencia del dinero y su gestión, sino al destino del dinero mismo-.

Tanto Elvira Lindo como Antonio Muñoz Molina sostienen que no existe la cultura gratis; ambos afirman que la profesión de la escritura es un trabajo que debe ser reconocido y remunerado, declaración que puede extrapolarse a cualquier variante de creación intelectual. Esta evidencia de derecho a recibir por la creación parece que ha de ser explicada constantemente desde que internet ha dado vía libre al trasiego incontrolado de miles de datos.

Nuestro país exige la gratuidad de la cultura aunque son pocos los que tienen verdadero interés en consumirla. Y aún cuando se quiere consumir no merece el esfuerzo de pagarla hay que fotocopiarla o “bajársela”.

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