El vicio del periódico

café y periódicosJavier Cercas escribía hace poco que no podía imaginar un día en que al salir a la calle no pudiese comprar el periódico, porque ese día, sin ser el fin del mundo, sería el fin de nuestra vida. Estamos tan ligados al adictivo trozo de papel impreso que pensar en su profética y vociferada desaparición me provoca algo así como un shock emocional. Un paso irreversible con el que se liquidaría un hecho histórico de más de doscientos años. De ocurrir semejante naufragio intelectual nadaríamos en un perpetuo día festivo similar el cíclico uno de enero en el que las calles están vacías y los quioscos cerrados. Viviríamos entonces en una perpetua mañana de lunes en las que no saber cómo acompañar el primer café. Decía Antonio Muñoz Molina en uno de sus artículos publicados por El País en las que fueron por muchos años sus travesías, que “la ausencia del periódico hace más profundo el silencio del día”. Coincidirán conmigo en que la lectura del periódico supone un encuentro entre la realidad del mundo ajeno y el propio. Un ruido necesario que contextualiza este planeta.

Acudir al quiosco, elegir un periódico (casi siempre el mismo) y conducirnos hacia una cafetería para acompañar las letras con café es un rito mágico que practicamos casi a diario. Y la verdad es que no sé si querría, o siquiera logro imaginar, esos primeros instantes de cada día sin saborerar la tinta en el papel.

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