Adiós a un ser terrenal. Adiós a Vicente Ferrer

La casualidad ha querido que el nacimiento de este blog coincida con la muerte de Vicente Ferrer. Triste coincidencia.Vicente Ferrer

Noticias, reportajes y editoriales sobre la labor humanitaria del cooperante catalán, fallecido el pasado viernes en la India, país al que consagró su vida, ocupan durante estos últimos días buena parte de los medios de comunicación. Referencias a su proyecto. Alabanzas sobre sus logros y la continuidad de la fundación que lleva su nombre, cuya labor recae ahora en su viuda y en sus hijos.  

Jaime León firma hoy una información en ABC (edición digital) en la que cuenta como José Bono, presidente del Congreso y miembro de la Fundación, que conoció a Ferrer y que se encuentra en la India para asistir al funeral, describe su obra: “vino para bautizar, pero me contó que pronto se dio cuenta que no había agua ni para eso y entonces comenzó a hacer pozos para que pudiesen vivir. Su religión era el amor”.

Sorprende leer en este mismo periódico que sólo en los diarios locales, sobre todo los del estado sureño de Andhra Pradesh, se han publicado informaciones de su muerte, sobre la muerte del hombre que dedicó su vida a mejorar las ajenas en los territorios olvidados por los responsables indios. Los medios de comunicación del país no se hacen eco del suceso; el país con más pobres del mundo “no ve con buenos ojos que ciudadanos extranjeros trabajen para paliar la pobreza”. El propio Ferrer fue expulsado de la India en 1968, visto como una amenaza por políticos y poderosos; sin embargo regresaría un año más tarde para continuar con su proyecto humanitario hasta el mismo instante de su muerte.

Aquí, en España, también ha habido, todavía hay, notables ausencias, o tímidas alusiones a este suceso por parte de algunos postulados. Me refiero a las menciones que deberían haber sido más, tanto en cantidad como en calidad, por parte de  la Iglesia. Algunas se han hecho, claro, pero parecen ser fruto de la obligación y no del sentimiento. La figura de Vicente Ferrer incomoda a la Iglesia, no encaja en el estigma anticlerical que tanto gusta a nuestros cardenales. Vicente Ferrer no huía de los problemas mundanos fruto de la sinrazón humana, al contrario, les ponía solución. Solución real, solución humana. En su legado, el legado de un hombre que no es santo pero hace milagros en palabras de Alberto Oliveras periodista y autor de una biografía de Ferrer, reside la demostración de que se puede creer en Dios y mantener la fe sin olvidarse o aislarse del rebaño.

Este memorable filántropo llegó a la India en 1952 para completar su formación religiosa como miembro de la Compañía de Jesús, orden a la que renunció en 1970 por cuestiones personales relacionadas directamente con su misión. Pero también por amor a una mujer, y sobre todo para atender, libre de ataduras, su concepción de la dimensión humana. En la India la fe de Ferrer priorizó lo transcendente y corpóreo. Su labor fue terrenal.

La región de Anantapur, una de las zonas más pobres de la India, protagoniza los más de cincuenta años de esfuerzo del cooperante empeñado en demostrar que las palabras y los deseos pueden tornarse realidad. Ferrer se instaló en esta zona, una de las más deprimidas y olvidadas por el Gobierno indio. Allí trabajó afanado en mejorar las condiciones de vida de las castas más desfavorecidas por el sistema jerárquico y social hindú.

Fruto de su labor nace en 1969 la Fundación Vicente Ferrer, una organización no gubernamental de desarrollo para zonas pobres y necesitadas de la India. Su esfuerzo y el de sus colaboradores, gracias a la financiación de sus socios, deja hospitales y centros de planificación familiar, viviendas, escuelas donde pueden estudiar niños y niñas, e importantes recursos de desarrollo para lograr la autonomía de sus habitantes, con especial atención a las mujeres. Dedicación que le proporcionó reconocimiento y numerosos premios como el Príncipe de Asturias de la Concordia en 1998, entre otros importantes galardones.

A Vicente Ferrer no solo le atrapó la India, también las tímidas sonrisas de sus habitantes, de las gentes pobres que en condiciones infrahumanas no desfallecen como cabría esperar, sino que en la adversidad muestran su sonrisa haciendo un guiño a la esperanza. Gentes cuyo infortunio es posible imaginar pero difícil comprender: con frecuencia olvidamos la tragedia salvo cuando son directamente nuestros ojos los que observan.

Según las previsiones de la fundación, el final de los pobres de Anantapur está muy cerca. Su objetivo se cumple demostrando así que solo hace falta tomar conciencia, sentir la responsabilidad ante la llamada de auxilio de seres humanos en situación extrema para ponerse a trabajar y poder declarar que ya no hay más pobres en Anantapur.

La capilla ardiente del ex jesuita se ha instalado en Bathalapalli, un remoto pueblo del sur de la India, dentro de la región a la que dedicó su vida. El funeral, leo en El Periódico de Cataluña, será oficiado siguiendo el ritual cristiano. Pero no será el único credo. Siguiendo el deseo expreso de la familia también se leerán textos de Bhagavad Gita, uno de los libros sagrados hindús, y del Corán.

Desde que se conoció su muerte, miles de personas han acudido a decirle adiós; y muchas más continúan visitando su cuerpo para rendirle homenaje; personas para los que su obra significa vida, dignidad, comida: futuro. Asistimos estos días al peregrinar de seres agradecidos que dicen adiós a un hombre cuya preocupación no era erradicar la pobreza sino acabar con los pobres, sus víctimas directas. Afirmó que “acabar con el pobre es acabar con la pobreza”, sencilla semántica de infinito calado. Vicente Ferrer se va de este mundo y lo hace con el mayor de los reconocimientos: el agradecimiento de los que gracias a su esfuerzo han regresado a la vida.

Para profundizar en la vida y obra de Vicente Ferrer  pueden escoger entre el libro que ha escrito su esposa, la periodista Ana Ferrer (Anne Perry), titulado Un pacto de amor. Mi vida junto a Vicente Ferrer, editorial Espasa Calpe, 2009; la obra de Alberto Oliveras La revolución silenciosa, editorial Planeta, 2000; o, el volumen Encuentro con la realidad del propio Ferrer también editado en Planeta en 2003. Así como visitar la página web de la fundación que lleva su nombre.

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